
Nos cuesta mucho pedir ayuda cuando estamos metidos en un lío o, directamente, cuando el mundo se nos viene abajo y todo, de repente, se vuelve negro, frío e insoportable. Normalmente, caminamos despreocupados como si nunca fuera a ocurrirnos nada malo, pero la vida no es fácil para nadie, ni siquiera para aquellos que nadan en la abundancia y que piensan que todo se soluciona con dinero. Hemos perdido la sensación de tribu, donde todos se ayudaban unos a otros sin importar si eran familia o no; antaño, la supervivencia dependía de la defensa del grupo.
En un mundo cada vez más informatizado, tenemos la absurda creencia de que estamos rodeados de amigos con quienes mantenemos conversaciones a través de máquinas, pero, en realidad, ya no hablamos con el panadero ni con el tendero de la esquina porque nos son ajenos; no los percibimos como miembros de la manada. Los casos de depresión se duplican, los suicidios también, y parece que a nadie le importa nada; al final, son solo números para las estadísticas; la sociedad no ha creado herramientas para tratar los problemas del alma, no son rentables.
Como seres humanos, individualmente, nos sentimos solos, incomprendidos en una sociedad que se ha vuelto de hielo, que aparta al fracasado porque molesta y que, como última solución, te ofrece que te quites de en medio, a ser posible sin mucho escándalo. Hay momentos en la vida en los que solo necesitamos un abrazo, escuchar un “todo irá bien”, sanar a través del contacto físico y de las palabras pronunciadas con cariño; es económico, fácil y cercano, pero, sin embargo, cuesta hacerlo.
Ante los demás, nos da apuro presentarnos exponiendo nuestras fragilidades y, en muchas ocasiones, callamos, y ese silencio acaba por enfermarnos. En España está mal visto ir al psicólogo o al psiquiatra; los trapos sucios se lavan en casa, frase mil veces repetida que terminamos por aceptar sin saber que hay trapos que requieren la limpieza de un profesional. La primera ayuda debe venir de la familia, es el primer muro de contención, pero, a veces, no pueden ayudarnos; muy al contrario, nos juzgan duramente, pidiéndonos que no seamos pesados, que ya se nos pasará; no se dan cuenta de que, cuando el alma se rompe, grita pidiendo ayuda.
Luego están los amigos, los de verdad, aquellos que solo preguntan “¿estás bien?” porque han intuido que algo te pasa; te conocen, han detectado cambios en ti y su luz roja se ha encendido. Si son verdaderos amigos, estás salvado, porque siempre los tendrás a tu lado; serán la muleta que necesitas para apoyarte y no caer. Y, posteriormente, está la fe, a la que nos agarramos como a un clavo ardiendo cuando las cosas se ponen realmente duras. Dios es nuestra opción y rezamos con la humildad del que sabe que hubo alguien antes que nosotros que aceptó la cruz tan solo por altruismo.
No somos islas, aunque seamos seres individuales; por tanto, no debe darnos vergüenza pedir ayuda cuando nuestro esfuerzo no sea suficiente y las fuerzas en nosotros estén completamente agotadas. Si hay que llorar, se llora, y si tenemos que admitir que estamos derrotados, que ya no podemos más, hagámoslo con la intuición de quien sabe que un abrazo de un ser querido sana más que cien medicamentos y que hay palabras que curan y te permiten seguir adelante, aunque la vida te haya dado un zarpazo feroz.






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