Torre Pacheco: el arte de prender fuego y mirar hacia otro lado

Vivimos en tiempos prodigiosos: puedes prenderle fuego a un pueblo, manipular a medio país desde Telegram y, por si fuera poco, salir en la foto como víctima. Lo de Torre Pacheco no ha sido un incidente; ha sido un experimento. Una obra maestra del manual de ingeniería emocional, una demostración práctica de cómo convertir la rabia colectiva en rédito político. Y, además, sin despeinarse. ¿Qué mejor que un suceso atroz para activar el botón del miedo, el racismo y la histeria? Se reparten vídeos descontextualizados, se hinchan cifras, se encienden antorchas digitales. Y, de pronto, donde había ciudadanos, hay bandos. Donde había convivencia, hay trincheras.

El resultado: un motín perfectamente dirigido, con pancartas improvisadas que alguien llevaba demasiado bien impresas para haber salido de la rabia espontánea. Gente gritando por la “seguridad ciudadana”, pero empujada por hilos invisibles que mueven la indignación como si fuera un títere. ¿Casualidad? ¿O cortina de humo en HD? Porque, mientras los medios se emborrachan de disturbios en Murcia, ¿qué ha desaparecido del radar? La amnistía, el caso Koldo, Ábalos, Cerdán, Montoro, la inflación, la falta de vivienda, la inmigración legal mal gestionada, la sanidad en la UCI… En resumen: todo lo que sí debería preocuparnos.

Torre Pacheco es la tormenta perfecta, el chivo expiatorio, el mago sacando el conejo de la chistera. Mientras todos miramos al inmigrante, nadie señala al que aprieta el botón del caos desde el Parlamento. Los que han incendiado las calles no lo han hecho con gasolina, sino con discursos. Algunos vestidos de traje, otros de ‘salvapatrias’. Todos con el mismo guion: “España está en peligro”. Y, mientras tanto, los partidos mayoritarios juegan al ping-pong moral: uno condena con la boca pequeña, el otro agita con entusiasmo. El ciudadano medio, ese que madruga y paga impuestos, queda reducido a dos opciones: o tragas o gritas. Y los que gritan, casualmente, son los que más rédito sacan.

Lo que está en juego no es Torre Pacheco. Es el modelo de país. Uno donde el miedo se alquila en cómodos plazos y la convivencia se vende barata. Pero cuidado: cuando el miedo se normaliza, la barbarie se institucionaliza. Y entonces ya no hay vuelta atrás. El fuego, cuando se descontrola, no pregunta a quién votas. La pregunta incómoda es: ¿quién está beneficiándose de que hoy hablemos de inmigración en vez de corrupción? ¿Quién prefiere disturbios a auditorías? ¿Quién prefiere un vídeo viral a un informe del Tribunal de Cuentas?

Torre Pacheco no es el problema, sino el síntoma. El problema es que nos estamos tragando el truco sin mirar al ilusionista. Y no, esto no va de ideologías. Va de inteligencia. De no permitir que nos conviertan en peones de una partida donde solo gana el que reparte el tablero. Porque, cuando todo arde, los que siempre se salvan son los que están fuera del incendio.

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