
Hay algo admirable en José Luis Rodríguez Zapatero. No, bueno, admirable en el sentido en que uno admira a un trilero en Las Vegas o a un violinista del Titanic: aunque todo se esté hundiendo, el hombre mantiene la compostura, lo mismo que el que fuera expresidente del Gobierno.
Durante veinte años, la izquierda española quiso vendernos a José Luis Rodríguez Zapatero como una especie de Gandhi de Valladolid. Un líder espiritual atrapado accidentalmente en la política. Una especie de ser de luz capaz de arruinar un país con una sonrisa serena y, después, darte una conferencia sobre concordia mientras buscas trabajo en InfoJobs.
Y, claro, el personaje al principio funcionaba a la perfección. Porque el PSOE descubrió hace tiempo que en España no hacía falta gestionar bien; bastaba con parecer moralmente superior. Podías dejar paro, deuda, ruina energética y una generación entera hipotecada emocional y económicamente… pero, si pronunciabas “derechos”, “talante” y “convivencia” cada siete minutos, la maquinaria mediática te canonizaba igual…
Hasta la llegada del caso Plus Ultra. Es entonces cuando el decorado empieza a oler a cable quemado y, de repente, aparecen rescates extraños, empresarios oportunamente conectados, teléfonos echando humo y sociedades que suenan exactamente a lo que imagina cualquiera cuando escucha la frase “esto lo lleva un cuñado de un político”. Y, en medio de ese mismo escenario, cómo no, el propio José Luis Rodríguez Zapatero. Siempre cerca del enchufe, pero milagrosamente lejos de la factura.
Es fascinante observar al socialismo español cuando uno de los suyos queda bajo sospecha: la manera que tienen de comportarse es igual a la de una familia mafiosa italiana, pero con máster en Ciencias Políticas y columnas en El País. Hace una semana exigían dimisiones preventivas hasta por una multa de aparcamiento; apenas hace unos días descubren la complejidad del Estado de derecho, las garantías procesales y la importancia de “no alimentar bulos”.
Sin duda, son contorsionistas morales de élite. Pero lo más ofensivo no es el caso judicial, sino la soberbia que se traen. Porque José Luis Rodríguez Zapatero jamás habló como un político normal. Siempre ha sido el típico que hablaba como si estuviera intelectualmente por encima del ciudadano medio. Como si cada frase suya debiera estudiarse en colegios finlandeses junto a poemas de Pablo Neruda y canciones de Silvio Rodríguez. Y, al final, resulta que detrás de toda aquella mística progresista había algo muchísimo más español: pasillos, contactos, favores y dinero público volando alrededor de gente perfectamente conectada.
La gran obra del PSOE ha sido convertir el clientelismo en moralina. Robarte la cartera mientras te explican que lo hacen por justicia social. Meter la mano en la maquinaria del poder con una superioridad estética tan obscena que casi esperan aplausos mientras lo hacen. Plus Ultra es el símbolo perfecto del zapaterismo: una operación que la mayoría de españoles no entendía, defendida con lenguaje burocrático y sentimental para ocultar algo muy simple: siempre aparecen millones cuando los amigos adecuados están cerca del botón correcto.
Y, mientras tanto, ahí sigue José Luis Rodríguez Zapatero. Con esa sonrisa de hombre que cree que la historia le debe gratitud eterna por existir. Esa expresión de profesor de meditación subvencionada. Ese tono lento, paternal y denso que convierte cada entrevista en una mezcla entre una charla TED y el prospecto de un ansiolítico.
Lo verdaderamente humillante para el PSOE no es que aparezcan sospechas. Es que ya nadie se sorprende. Porque, después de décadas vendiéndose como reserva espiritual de la democracia, han acabado proyectando la imagen de una aristocracia política rancia, convencida de que el dinero público es una herramienta emocional al servicio de sus redes de influencia. Y aquí aparece otra de las grandes mentiras sentimentales del socialismo español: la idea de que “los buenos socialistas” acabarán limpiando el partido desde dentro. Nunca ocurre.
De hecho, jamás aparece esa legión de voces éticas que supuestamente iban a plantar cara a los abusos cuando afectan a los suyos. Con José Luis Rodríguez Zapatero no hemos visto una rebelión moral dentro del PSOE. No hemos visto dirigentes escandalizados, militantes indignados ni una estampida de referentes progresistas denunciando las supuestas fechorías con la misma rabia con la que señalan a cualquiera de enfrente. Al contrario: silencio, matices, excusas y esa vieja disciplina tribal donde el partido siempre está por encima de la verdad.
Porque el socialista bueno, ese del que tanto hablan, es como un unicornio institucional: una criatura mitológica que todos aseguran haber visto alguna vez, pero que jamás aparece cuando hace falta de verdad. Si algún día encuentras uno que critique con la misma dureza la corrupción propia que la ajena, protégelo, estúdialo y quizá hasta notifícalo a la comunidad científica. Sería un descubrimiento histórico. Mientras tanto, el patrón sigue intacto: indignación infinita para el rival y comprensión terapéutica para los compañeros de siglas. Y quizás ahí está el epitafio perfecto del zapaterismo: Prometieron una nueva política. Y terminaron perfeccionando la vieja.






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