La Divina Comedia española

La mayoría de españoles que hoy nos escandalizamos por las continuas informaciones que confirman las aún presuntas, pero a la vez muy probadas en autos acusatorios, corruptelas en torno a la cúpula política del Gobierno, y presuntamente, sobre la financiación irregular del partido socialista, somos los mismos que nos indignamos y escandalizamos también con la corrupción que afloró en torno al Partido Popular y los gobiernos de este partido durante el periodo de Mariano Rajoy. Los segundos, intentaron defenderse y terminaron avergonzándose de lo sucedido. Los primeros, niegan continuamente la mayor, se aferran al poder que consiguieron justamente en base a esa corrupción de los populares y ellos, y los partidos políticos que los apoyaron lo siguen haciendo ignorando por qué llegaron a la posición de poder que llegaron. Y, en vez de avergonzarse, no dejan de atacar a magistrados, y aquellos que nos escandalizamos con calificativos como fachas, fango, lawfare… Con un desprecio vergonzoso hacia ciudadanía a la que igualmente representan.

Porque, si alguien no lo sabe, cada uno de los diputados de la cámara del Congreso no representa a la ciudad por la que fue elegido ni la comunidad autónoma en la que se encuentra esa ciudad, sino al conjunto de toda la ciudadanía de España. El Congreso no es una cámara de representación territorial, como sí es, en efecto, el Senado o Cámara Alta. Sin embargo, de escuchar cualquier sesión parlamentaria, nos daríamos cuenta de cómo los sucesivos gobiernos han cedido hasta el punto de que este ámbito de representación resulta más de discusión sobre intereses autonómicos que sobre nacionales. Un botón de muestra del fracaso de nuestro sistema, en el que hemos llegado al punto de que la competitividad es más interna que externa y la cooperación interterritorial una metáfora de los foros más belicistas en pro de llevarse la mayor tajada del Estado. Y, efectivamente, son los socios del actual Gobierno los que lo sostienen a cambio de múltiples concesiones y promesas. ¿A alguien le cabe duda de por qué no han dejado de apoyarlos, de por qué no exigen convocatoria de elecciones? Porque representan sus propios intereses, los de sus partidos primero y los de sus territorios en segundo lugar. Toda una adulteración de la finalidad de la representación parlamentaria en nuestro país.

Los escándalos de presunta corrupción y el tajante auto del caso Zapatero debería ser motivo ético y de dignidad política para que todos los partidos que muestran su apoyo al PSOE en el poder se lo retiren. Si no, no serán sino cómplices de todo lo que se está sabiendo y de lo que queda por saber. Y esto lo ratifica el motivo argumentado en su momento para votar a favor de la moción de censura contra Mariano Rajoy. O actúan de inmediato o estarán justificando la corrupción cuando esta viene de un partido auto denominado de izquierdas (y lo digo por el alto standing que les gusta llevar a los que suben en el escalafón del poder a costa de cualquier precio), o bien priman intereses ajenos al general del conjunto de la población española. Ojo, incluida la ciudadanía de sus comunidades autónomas.

Cada paso, cada giro, cada intento que día a día, se está conociendo de los esfuerzos del Gobierno socialista por dinamitar las investigaciones no supone otra cosa que la visibilización de la desesperada acción de un partido en el poder que hace aguas bajo el claro conocimiento de la gravedad y certeza de las acusaciones que se han estado realizando por parte de la justicia.

El problema, en el caso de Sánchez y los suyos, es que parece ser que nadie ha entendido que juegan la partida hasta el final y son capaces de utilizar cualquier método para conseguir la victoria porque saben perfectamente que la última de las batallas siempre es la decisiva, y a ella hay que llegar aunque sea con las cartas marcadas. El que ríe el último ríe mejor, y hasta el momento parece que les ha funcionado. A lo largo de todos mis artículos en esta publicación, si algo he destacado de la figura de Pedro Sánchez es su capacidad de resistencia y de manejarse en las situaciones más complicadas. Otra cosa es como sale de ellas, generalmente usando tácticas poco éticas, agitando a las masas con el miedo a la ultraderecha o mintiendo, magnificando políticas sociales que están hundiendo la economía del Estado, que nuestras arcas no pueden soportar, o acudiendo a un argumentario fácil, sencillo, pero definitivamente arrollador para la derecha. Por supuesto, la continua recurrencia al historial de corrupción del contrario, como para justificar que todos lo hacen, o quitarle peso a sus propias vergüenzas. Porque claro, si todos lo hacen es perdonable a una izquierda buenista, que utiliza precisamente las políticas sociales para dar una imagen progresista aunque la mayoría de políticas sociales no lleguen a solucionar nada y, en muchas ocasiones, hasta empeorarlas.

Le falta tiempo a la derecha, especialmente al Partido Popular de Feijóo, para hacer un análisis en profundidad de los costes de las políticas sociales y de los resultados reales que han generado en nuestra sociedad; del desvío de esas partidas para, de paso, pagar a los propios por cualquier excusa y de cómo grandes de esas cantidades han quedado en el camino de la teoría y sus arduos y arduas defensores y defensoras. De explicar cómo esas políticas sociales repercuten en un voto engañado sobre una realidad que cada día es más cruda para la sociedad en materia económica, de seguridad, de futuro, de vivienda, de garantías. De cómo se ha fulminado el Estado del Bienestar que tan buenos resultados dio en su momento para España con el despegue protagonizado por Felipe González y continuado con Aznar, ambos con sus aciertos y sus errores, pero con una altura política desaparecida del mapa en el momento en que el investigado Zapatero llegó al poder.

Quedan días muy crudos para el PSOE, pero que nadie cante victoria ni para unos ni para otros, porque la partida aún está por jugarse en sus jugadas más decisivas, y el Gobierno va a poner todo su empeño en que nada se investigue ni se sepa, en obstruir a la justicia, en perseguirla si hace falta, en dinamitar absolutamente todo lo que tenga que ver con este asunto. Mucho me temo que, conociéndolos, estarán como locos buscando otro escándalo o cualquier motivación que desvíe la atención de lo que está pasando y lo que queda por llegar. Creo que se va a acelerar el debate del aborto, por ejemplo, y se va a recrudecer la cuestión migratoria. Eso, para empezar.

El espectáculo está servido y mucho me temo que va a ser vergonzoso para un Estado Democrático como el nuestro. Una Divina Comedia epsañola que, como siempre, termineremos pagando una ciudadanía que cada día se siente menos representada, por unos, y por otros.

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