
Hay ocasiones que la vida da serias lecciones. Lecciones que parten de situaciones extremas que te sujetan por momentos el corazón, te lo estrujan, y con él el alma. Hablo, por supuesto, de las personas que son capaces de sentir una mínima empatía, ese concepto tan universalizador de emociones, de sociedad unida, compacta y con una humanización lejana del odio y de la intolerancia; uno de los mejores amigos de los debates constructivos, de la objetividad y de la necesidad de llegar a consensos con todo aquél que parte de la base de construir en lo común.
Lo ocurrido en Venezuela nos ha impactado enormemente. Acostumbrados, por desgracia, en los últimos años, a relacionarla con un régimen estricto, autoritario y sospechosamente relacionado con el tráfico de drogas por algunos Estados, ese país del que hemos acogido a centenares de miles de ciudadanos abrazándolos en la hermandad de unos pueblos que se encontraron hace siglos para abrazarse en la Historia y construir una familia en la lengua y en los sentimientos, sufría un fatídico golpe ajeno a la voluntad o acción humana. La catástrofe generada por los terremotos se ha llevado la vida de muchas, muchas personas hermanas. Personas que vivían su cotidianeidad y que acabaron sepultadas bajo los escombros que nos enseñan la debilidad del ser humano ante las fuerzas de la naturaleza.
Estas emociones derrumban muchas veces falsos mitos, falsas expectativas, absurdas guerras y absurdos odios y enfrentamientos. La respuesta a una situación como esta del conjunto de la comunidad internacional no debe ser sino la respuesta del ser humano ante los retos sociales de cada día. Entender que cada ser humano tiene su origen, su historia y sus razones, no sin con ello pretender dar explicación o excusa a cualquiera de sus comportamientos que terminan afectando a otras personas que también tienen su origen, sus vivencias y sus razones para no ser afectadas negativamente en sus vidas. La convivencia debe partir de la base del respeto absoluto a las ideas ajenas, pero también a las normas. Y alterar estas normas en beneficio de personas que pudieran alterar negativamente las vidas ajenas debe ser un obstáculo infranqueable que nunca deberíamos de permitir, ni como sociedad ni como país.
En España nos encontramos atravesando una gran crisis política y social, bañada por la judicialización de casos de presunta corrupción política que afectan a las más altas esferas de un Gobierno que se aferra, ya en minoría, al poder. Un Gobierno que ignora deliberadamente que la crisis social que vivimos ya existía antes del surgimiento de estos casos judiciales y que se albergaba en la imposición de decisiones políticas que han enfrentado directamente a gran parte de la sociedad. Una visión y decisiones, y una aplicación de una ideología que han alterado por el método de la imposición lo que esta sociedad consideraba hasta hace poco como la norma. Y no me refiero, ni mucho menos, a los derechos de la mujer, o los derechos LGTBI como tales, aunque sí en ellos a una reinterpretación cuestionable de conceptos que, de hecho, no han contentado por igual al conjunto de estos colectivos.
Pero también lo ha sido en la gestión de una inmigración que ha permitido entrar en nuestro país a lo mejor de los países africanos y latinoamericanos, y doy fe de ello, pero también a parte de lo peor de esas tierras, y todo sin control, como la falta del mismo en un proceso de regularización que, si bien alerta de por sí al resto de países europeos, es de lógica que también alerte e indigne a la ciudadanía española por la falta de garantías. Una gestión que no ha profundizado en la adaptación y en la integración, sino en la masificación, en la pérdida de enormes cantidades de dinero público y que ha generado un alto grado de inseguridad, por no hablar de casos delictivos protagonizados por personas que no llegaron con la capacidad o la intención de aportar, sino de aprovechar un sistema débil y garantista que en nada tiene que ver con el de sus países de origen. Es decir, les es más fácil delinquir aquí que desde donde proceden. Y, además, saben que poco o nada les va a pasar, lo que aumenta, sin duda, la indignación y el rechazo cada vez más alto de una población harta de condescendencia con los que oprimen y desprotegidos contra ellos, como el caso de las ocupaciones de viviendas.
Precisamente, en este sentido, tras casi una década en el poder, el Gobierno “progresista” no ha conseguido mejorar la situación de ampliación del parque de viviendas ni la reducción de los precios, que es su verdadera responsabilidad y, sin embargo, sí ha abierto las puertas ajenas para que se entren en casas y se habiten sin el consentimiento de sus dueños, incluso apoderándose del contenido de las mismas o, directamente, destrozándolas, conocedoras de que la Ley les está protegiendo. Inaudito e intolerable.
¿Y aún se preguntan por qué la ciudadanía les está dando la espalda? Mejor no hablar del estado de algunos servicios públicos dependientes del Estado, como son el estado de las vías, la empresa pública Renfe, o el estado de las carreteras. Todo un cóctel al que sólo le faltaba la guinda de la corrupción de aquellos que, precisamente, son los responsables de todo lo comentado.
Y ahora, llegan, como indicábamos al principio, unos terremotos que destrozan un país y se llevan por delante tantas y tantas vidas y cabe preguntarse, ¿Merecemos perder nuestro tiempo con quienes en tanto nos han defraudado?
Mucho se habla estos días en distintos programas de qué habría sucedido si lo que está ocurriendo lo hubiese protagonizado la derecha. La respuesta todos lo sabemos y las calles estarían desbordadas de indignados protestando, las portadas de los medios afines estarían lapidando (lingüísticamente) a los presuntos responsables y la otra prensa, como ha ocurrido en otras ocasiones, estaría siendo lo más objetiva posible.
El problema para la izquierda y para el socialismo es que la resistencia en el Gobierno de este país está suponiendo el hundimiento de un barco que ya no da de sí para tapar agujeros en su casco. Tristemente, cuando acabe, tarde o temprano, todo esto, el cuerpo arrogante y visceral de la actual izquierda se va a quedar en los huesos y eso, los españoles moderados y cercanos a ciertas políticas sociales racionales, acertadas y dignas de nuestro país, tampoco lo terminaremos celebrando.
Mi más sincero abrazo y mi cercanía al pueblo venezolano, a los familiares y personas cercanas a las víctimas, y todo el deseo de que, cuanto antes, los heridos se recuperen, así como aquello que ha sido víctima de la destrucción. En la reconstrucción física, social y política de Venezuela estará su futuro de fortaleza.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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