Sánchez, Podemos y el barco

El servicio de restaurante de un crucero contrató en cierta ocasión a un hombre como camarero. Se le enseñó que cuando hiciera mal tiempo no debía andar en línea recta, sino en zig-zag, para que el balanceo del barco no le hiciera caer. Pese a la advertencia, el primer día de oleaje el camarero cayó al suelo y los platos se rompieron. Le preguntaron por qué no había seguido las instrucciones y el respondió: “Las he seguido, sólo que cuando yo hacía zig el barco hacía zag y cuando yo hacía zag el barco hacía zig”. Lo cuenta I. Berlín en su Generalissimo Stalin y el arte del gobierno.

Así es en política el arte de la supervivencia, un arte difícil, casi imposible de adquirir, que requiere acomodar los propios movimientos al vaivén de las iniciativas que vaya tomando el jefe. En una tiranía como la de Stalin, la vida corría peligro si no se hacía bien. En una democracia de partidos se arriesgan otras cosas: la posición, el cargo, el sueldo, etc. Para acoplar la conducta al humor y al interés cambiantes del patrón es indispensable no andar nunca en línea recta.

Hay que ponerse, pues, fuera de la norma moral. Adoptar una conducta torcida, para entendernos, porque de otro modo no puede seguirse el caminar errático de quien manda. Pero eso es sólo el requisito inicial, el principio. Sucede aquí como con el arquero, que tiene una única manera de dar con la flecha en el blanco y muchas de no dar. Por lo mismo, hay una sola manera de ser bueno y muchas de ser malo (Aristóteles) En consecuencia, quien abandona la rectitud y decide no ser bueno aún tiene que averiguar cuál es la mejor forma de ser malo para sobrevivir. Y aquí es donde reside el problema de verdad.

Aún tiene que adquirir un saber que se halla a medio camino entre lo instintivo y lo racional, una admirable e inverosímil destreza para averiguar en qué momento justo se convierte el zig en zag y el zag en zig, y si será de estribor o de babor, pero eso es una proeza inalcanzable, o casi. Los bandazos no se suceden nunca de modo regular. El camarero debía seguir las instrucciones cuando hiciera mal tiempo. Pero en política siempre hace mal tiempo.

No hay conocimiento teórico que pueda suministrar este saber, no hay principios morales, ni políticos, ni ideológicos, que pueda observa aquel cuya situación depende del que está en la cumbre.

O mucho me equivoco o ésta es una descripción correcta de las conductas de muchos políticos de oficio. Son innumerables los casos que pueden aducirse a su favor, pero me limitaré a ilustrarla con dos hechos que se han producido estas últimas semanas. De los dos ha sido protagonista el partido Podemos, que es el mejor exponente actual de la tesis del zig-zag.

El primero es su protesta porque el Consejo de Ministros, del que forma parte unos miembros de Podemos, decide dedicar mil millones de euros a armamento. Para no tener que admitir que han abandonado hace tiempo sus convicciones anti-militaristas, acusan a la otra mitad del gobierno, la socialista, de haber tomado esa decisión. Pero eso es mentira. De una decisión tomada por un órgano colegiado, como el Consejo de Ministros del Gobierno de la Nación, son responsables todos sus miembros.

El segundo es su protesta contra los muertos en la valla de Melilla, una vez que el presidente no la ha condenado por su reciente amistad con Marruecos, porque ellos defienden la inmigración ilegal. También es mentira. El viaje de turismo a Estados Unidos ha sido la excusa para no tener que airear su hipocresía.

Los ejemplos, ya digo, se pueden multiplicar hasta el infinito. Y siempre se trata de lo mismo: de tratar de acomodarse a los movimientos del barco.

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