
Los relatos son como los cotilleos que se cruzan entre marujas o coleguitas de cañas: entretenidos, fáciles de digerir y, en muchas ocasiones, más falsos que un billete de tres euros. Se utilizan generalmente para cumplir con uno de estos dos cometidos: el primero, servir de tema de conversación cuando no tienes tiempo ni ganas de hablar de algo importante; y el segundo, tapar informaciones relevantes de plena actualidad. Hay relatos de todos los colores y sabores, pero hoy vengo a hablaros de uno que, como los pantalones vaqueros, nunca pasa de moda: el relato climático.
La gran pregunta que voy a plantearos, y que seguramente más de uno se habrá hecho al menos una vez en la vida, es la siguiente: ¿cómo narices deberíamos llamar a eso que la naturaleza lleva haciendo desde que el mundo es mundo, pero que los medios de comunicación y la clase política insisten en vendernos como meras anomalías: cambio climático o calentamiento global?
Son muchas las ocasiones en las que, tanto los unos como los otros, se han dedicado a darnos la turra con el calentamiento global: que si los polos se derriten, que si los seres humanos somos poco menos que el demonio por usar nuestro cochecito particular o por querer viajar en avión a distintos puntos de España o del mundo. Eso sí, el dichoso cambio climático nunca afecta a la clase política, ni tampoco a quienes nos gobiernan, que, cuando nadie los ve, tan pronto se suben a sus cochazos oficiales contaminantes de alta gama como vuelan en Falcon rumbo a República Dominicana. Y no miro a nadie… ejem, Pedro.
Sin embargo, cuando el planeta Tierra observa -con una paciencia supina- que la clase política pretende aprovecharse de su don divino para llenarse los bolsillos, responde, más sabia que cualquier ser humano que haya pisado su superficie, con contundencia: ¿Así que queréis utilizarme con la intención de forraros, malditos miserables? Pues nada, voy a cambiaros el guion: adiós al calor y a las sequías, hola al frío y a las lluvias en abundancia. Porque jugar con la ingenuidad de las personas no está bien, y mucho menos si lo hacéis para llenaros los bolsillos. ¡So mamones!
Es en ese instante cuando el relato fraudulento de la clase política se desploma ante la implacable reacción de la madre naturaleza. Y justo cuando todo parecía inclinarse a favor de la sociedad, los dirigentes de diversos países deciden reunirse -como si de un cónclave papal se tratara- para urdir un nuevo plan destinado a manipular y adoctrinar a las masas: Si llueve y hace frío, ¿cómo narices vamos a sostener el relato que asegura la existencia del calentamiento global? Pues fácil: llamémoslo cambio climático, que sirve igual para cuando hace frío que calor. ¡Buena idea, mi querido Watson!
Tras el consenso en la reunión, lo siguiente que toca hacer es untar a los medios de comunicación y a los expertos en meteorología para vender su relato como una verdad absoluta, apoyándose en cromas y tecnicismos. Si piensas como ellos, ¡bienvenido al club! Pero si detectas incongruencias en el relato o en la hemeroteca del planeta Tierra, felicidades: eres un negacionista del cambio climático oficial, ya señalado con la etiqueta adecuada. ¿Invitar a tertulias televisivas a expertos que piensen diferente, por muy preparados que estén? Ni hablar; aquí lo importante es no perder dinero manteniendo el guion instaurado por las élites. De esta manera, el show continuará por los siglos de los siglos, hasta que alguien valiente se enfrente a quienes nos controlan, arriesgando su reputación.
Para concluir, ¿cómo deberíamos llamar al relato impostado de los de arriba: “cambio climático” o “calentamiento global”? La verdad, ambos suenan a título de documental de Netflix que pone los pelos de punta. Está claro que, tanto uno como el otro, tienen la finalidad de aterrorizar a la gente lanzando múltiples verdades a medias, aliñadas con toneladas de azúcar y unas gotitas de ‘acongojonamiento’, para que nos los traguemos sin rechistar… y hasta con ganas de repetir.
Mi consejo como respuesta a la cuestión es fácil, sencillo y para toda la familia: no hagáis caso a esos cenutrios con traje o bata blanca que hablan mucho y demuestran poco. Vivid la vida como si fuerais un móvil con batería infinita. Disfrutad de todo lo bueno, sano y placentero, de todo lo que termine sacándoos una carcajada o una buena sudada. Porque, al final, el único calentamiento que realmente importa es el “hueval”: ese que no solo no provoca desastres naturales -salvo que consideremos desastre un embarazo no deseado-, sino que además estimular, relaja como ningún otro. ¡Así que, menos CO₂ y más Kamasutra!






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