Un tío peculiar

Hay personas que pasan por la vida en silencio y en discreción y otras que, sin llegar a ser conocidas, marcan su entorno y quedan por siempre en el recuerdo. Así era Antonio, tenía poder de convocatoria, creaba parroquia, la gente se dejaba caer por el bar más o menos a la hora que sabían que él aparecería. Lo llenaba todo con su voz cascada y ronca contando un torrente de anécdotas. La historia más insulsa era toda una aventura contada por él.

Llevaba sombrero de paja, pitillos, bigote fino y botas de punta. Un pañuelo en el cuello y otro en el bolsillo de la camisa con sus iniciales, que le bordaba su mujer con las letras torcidas porque “estaba aprendiendo”. Pulsera de España, era todo un patriota.Todas las tardes me traía una rosa que yo ponía a secar y aún continúan adornando una estantería. De vez en cuando también me traía un calendario con la imagen de un Cristo o una estampa de una virgen de tal o cual ciudad. Cuando yo le conocí estaba relativamente recuperado de un problema coronario que casi le mata, tenía prohibido fumar y beber, pero las recomendaciones médicas no eran algo que le preocupara demasiado.

–  Rosita, no puedo hacer nada de lo que me gusta. Ni beber, ni fumar, ni andar con mujeres – (decía mientras mezclaba en un vaso de tubo un chupito de pacharán con un café solo para disimular).

– Antonio, pero si haces lo que te da la gana.

– Para qué quiero vivir si no? Hay que morir con las botas puestas.

Le decía a su mujer que iba a hacer la compra pero luego se liaba por ahí y más de un día estropeó los filetes por dejarlos al sol demasiado tiempo en el baúl de la moto. O decía que iba a por el pan y se quedaba hasta las 6 de la tarde. No tenía móvil. Parece ser que el motivo de ello se debía a que un día le habían molestado tanto llamándole que al pasar por el puente lo tiró al río y juró no volver a comprar ninguno más. Había sido torero, vendedor ambulante, también tenido varios negocios. Se había arruinado y vuelto a recuperar. Conoció un montón de ciudades, incluso tuvo que huir del país a consecuencia de un rifirrafe en un bar. En sus buenos tiempos, había coleccionado amantes, aunque decía que adoraba a su mujer y a su manera así era:

– Hija, no me puedo acostar con mi mujer, la respeto demasiado.

Era una persona de las que hoy día escasean, políticamente incorrecto, deslenguado, se reía hasta de su sombra y le encantaba piropear a las mujeres. En una ocasión, estando sentado con otros clientes, vio una mujer muy atractiva con un vestido de flores y tacones, que se acercaba hacia donde estábamos nosotros.

– ¡Menuda jaca viene por ahí!

– ¡Serás bruto!- gritó el de al lado dándole un codazo- ¡Esa es mi mujer!

Se levantó de un brinco, se deshizo en disculpas, les invitó a los dos a una copa de vino y todos continuaron con el vermut y aquí paz y después gloria. Un día, después de varios pasándose de frenada con el pacharán y el tabaco, al ir a levantarse de la cama le dio un infarto fulminante. Se fue sin drama igual que había vivido. Bastante joven, sin tiempo para achaques. Con las botas puestas.  Mucha “gente de los bares” fuimos a despedirlo. Yo a veces tengo la sensación de que le veré por el barrio hablando con unos y con otros o que entrará por la puerta del bar con una rosa diciéndome:

– Rosita, no estés triste, tú siempre contenta, que los que te queremos nos alegramos y a los que les caes mal les fastidias.

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3 Comments

  1. Tal vez marque la diferencia en un nivel increíblemente alto de nitidez, pero incluso D2 con sus carburos grandes se puede afilar hasta un borde muy fino. Sin embargo, algunos argumentan que los carburos grandes conducen a un comportamiento de desafilamiento diferente.

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