Mascotas sintientes

La ley 17/2021 de 15 de diciembre, artículo 333 bis, reconoce que los animales son seres vivos dotados de sensibilidad. Algún periódico cuyo nombre no recordaré aquí se pregunta qué sucederá ahora que las mascotas serán miembros de la familia una vez que España ha dado ese gran paso en el reconocimiento de los derechos de los animales. A esas dos notas nada más me atengo. Nuestro parlamento reconocerá algún día que es azul el cielo y salada el agua del mar, y cuando algunos diputados bajen a la playa comprobarán, con el orgullo de quien cree mandar sobre los elementos, que el agua y el cielo les obedecen.

Vuelvo a los animales. Razonaré a la manera de un filósofo antiguo… y moderno o, mejor, actual. Toda cosa trata de seguir siendo lo que es. La diferencia entre un ser vivo y otro que no lo es radica en que este último no hace nada para cumplir ese propósito y el otro tiene que actuar. Si se detiene, muere. Un vegetal no siente ni piensa, no tiene vida de vigilia. Pero es capaz de nutrirse, crecer, reproducirse y morir. Ante todo, tiene alma nutritiva, como decía el clásico, la más común a los seres vivos: alimentarse y reproducirse. Si no lo hace, deja de existir. Así es como sigue siendo lo que es, si no el individuo, sí la especie. La función de la planta es repetirse. Nada nuevo bajo el sol vegetal. Cada ser produce otro igual y muere. En esto consiste su alma, en aspirar a permanecer siempre.

Los animales son un logro superior en esa misma aspiración. En ellos hay sensaciones, sentimientos, percepciones y casi conciencia. Como tienen sensibilidad, son capaces de dolor y placer y por ese motivo, por sufrir y gozar, tienen deseo, pues el deseo es evitación de uno y búsqueda del otro. Luego tienen también imaginación, que no es sino una cierta representación de lo que les daña y satisface. También memoria, pues tienen que aprender eso mismo para estar prevenidos en la medida de lo posible. Es evidente que unos animales tendrán todas esas facultades y otros no, que en unos estarán más despiertas que en otros, etc. En esas diferencias radicará en gran medida lo que les distingue. Luego un animal tiene alma, alma sensitiva, como siempre se dijo. Un alma que consiste en lo mismo, en una aspiración a la permanencia. El Papa Juan Pablo II lo recordó, no lo estableció, en frase sublime: el reino animal participa del aliento vital que procede de Dios. Es indiscutible.

Nuestra ley no es materialista. Si lo fuera habría declarado que los animales no sienten. No le habrían faltado antecedentes egregios, como Gómez Pereira, médico y filósofo español del siglo XVI, que compuso la teoría del automatismo de las bestias, con la que trató de probar que los animales son autómatas insensibles. El halcón, dijo, es una máquina prodigiosa, un complicado mecanismo de nervios, músculos y huesos que se comportan como las poleas y ruedas dentadas de un reloj. Eso explica que responda a cambios del exterior, como cuando una liebre irrumpe -objeto motivo, o estímulo- en su campo de visión y se arroja sobre ella -objeto terminativo, o respuesta. Pereira fue el antecesor de la psicología conductista. Defendió sus ideas sobre el animal máquina cien años antes que Descartes.

Nuestras equivocadas leyes de educación conciben al alumno a la manera del animal máquina de Pereira, un autómata que responde a motivos que vienen de fuera, sin poner nada de sí propio. Es interesante comprobar que alguna de nuestras leyes piensa que el hombre es máquina y otras que el animal no lo es.

La segunda nota, a saber, que los animales formarán parte de la familia, es un disparate de torneo. Un humano pertenece a una familia o a una comunidad política porque tiene palabra y en la palabra se expresan lo justo y lo injusto. Para que tal cosa suceda, es preciso abandonar al animal sensitivo que somos también nosotros. Es decir, es de todo punto necesario dejar de lado lo que nos produce dolor y placer y deseo. Es necesario forjar un concepto, algo inaccesible al animal, que ni siquiera sabe en qué consiste ser animal y menos aún puede conocer lo justo y lo injusto, nociones imprescindibles para la vida en comunidad. Por eso mismo somos los hombres animales sociales. Los animales son, como mucho, gregarios.

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