Ni mejor ni peor, sino todo lo contrario

En este dichoso país parece que nunca aprendemos. Más que con políticos y partidos políticos parece que estamos viviendo en la división de honor de las continuas provocaciones. Todo lo que más le molesta al equipo de la derecha es lo que persigue legislar en términos más extremos la izquierda que gobierna, y todo lo que más le molesta a la izquierda que se cuestione, es lo que rechaza tajantemente la derecha más extrema. Esto nos deja, una vez más en nuestra historia, un país en blanco y negro. Y que cada cuál decida a quién otorgarle cada uno de esos colores, que yo me bajo de ese carro.

La realidad, la vida cotidiana de la ciudadanía no es en blanco y negro sino que es a todo color y con millones de matices. La pluralidad consiste en apreciar todos esos matices y ser capaces de combinar los colores para conseguir el producto que más se acerque a salvar los verdaderos problemas de la gente. Y quizás sea por eso que la izquierda conecta más con la ciudadanía popular, porque esos asuntos sociales, esos retos que quedaban por cruzar, se han conseguido batir en términos de libertad. Otra cosa es que se hayan podido pasar de pueblo, ese es otro debate que daría para mucho. Pero negar la mayor de que ha habido y hay discriminación por motivo de género, que las mujeres no han tenido, ni tienen aún en muchos aspectos, las mismas oportunidades es negar la evidencia de las cifras en temas como la brecha salarial o dirimir quiénes son los que controlan, en su aplastante mayoría, las grandes fortunas o la dirección de las mayores empresas de nuestro país.

No se puede ni se debe negar, como hacen algunos políticos, que ha existido y sigue existiendo homofobia, que hay personas en este país que siguen sufriendo acoso, agresiones, y que hasta se cometen asesinatos en nombre de la masculinidad impuesta al género y la imposición de conductas que afectan tan de lleno a la libertad y a la propia identidad de las personas que aún muchos homosexuales terminan casándose con mujeres, bien controlando sus verdaderas emociones afectivas y sexuales, o bien teniendo una doble vida con la intención de no sufrir las consecuencias del señalamiento de los suyos, o el aislamiento social de su entorno. Eso sigue pasando. Y ojo, no sólo lo considero un auténtico trauma para estas personas, sino que quiénes más me causan desazón son esas mujeres engañadas y esos hijos que terminan viviendo en medio del infierno de una relación que nunca debió iniciarse. Pero esto sigue ocurriendo. ¿Por qué? Porque aún hay quiénes niegan y niegan y niegan la realidad de la homosexualidad como algo absolutamente natural, tan natural que se encuentra en la casi totalidad de los animales en la naturaleza. Y lo peor es que aún persisten esos pensamientos y conductas verdaderamente criminales entre quiénes piensan que la solución está en una traumática terapia o en, precisamente, desproteger a estas personas en la sociedad.

Y es que la derecha, para poder hacer frente a esa pasada de pueblo en muchas de las políticas que han podido aprobar tiene que dar el necesario paso de la aceptación de la necesidad imperiosa de legislar por la abolición de esa estúpida esclavitud social a pensamientos arcaicos y destructivos, deshumanizados y hasta perversos cuando hablamos del papel que algunos consideran que verdaderamente deberían de cumplir las mujeres en la sociedad.

Luego podemos hablar de cierta desconexión de la derecha con la ciudadanía por diversos otros motivos. Escuchar al líder de la oposición, Feijoó, alguno de sus discursos, por muy buenos que sean y acertados dentro de su pensamiento ideológico o de las circunstancias políticas o incluso judiciales que pueden rodear a miembros del Gobierno y hasta de la oposición, nos lleva a un lucimiento intelectual que no alcanza a una población que escucha con pasión las letras del reguetón o no alcanza a llegar a fin de mes. La fórmula de discurso, para algunos chabacana, que utilizan muchos de los políticos de la izquierda conecta mucho más en cercanía con la mayor parte de la población que los estilosos discursos de la derecha que a veces parecen sermones más propios del púlpito de una iglesia. Si hablamos de VOX, simplemente, se dedica a negar absolutamente todo lo que pueda venir de la izquierda y a criminalizar a la inmigración, no responsable de la gestión que el Gobierno pueda hacer de este tema.

Las encuestas parecen, menos la del CIS, parecen acercar cada día más a la derecha al poder en unas próximas hipotéticas elecciones. Sin embargo, y esto y lo dije varias veces en su momento, pocos llegan a entender la capacidad estratégica de Sánchez y su equipo, los continuos mensajes, ahora sumidos en el miedo a la derecha y a poder perder derechos adquiridos. Feijoó no tiene aún nada ganado, a pesar de los juicios, imputaciones o alarmantes comportamientos que pueda tener la izquierda. La ciudadanía sigue soportando todo esto a cambio de esa libertad vendida como tal y como progresista. El humanismo de la izquierda impera en un estado de cosas en la que no es suficiente con denunciar lo que no gusta o señalar los errores. La derecha debe dejar de negar la mayor y apostar, más que por señalar, por aportar soluciones, que es lo que, realmente, puede hacer cambiar la balanza. Si yo fuese Feijoó, no me confiaría en absoluto porque ya lo hizo y mal le salió la jugada. De estar en su lugar comenzaría a intentar cambiar el tono de sus discursos, la seriedad, la lejanía del sentir de gran parte de la ciudadanía ante un robot de derechas que suelta sus argumentos, bajaría al terreno, pisaría cada rincón de este país con los puños remangados y estaría aportando ideas y soluciones, una tras otra, para demostrar que esa derecha no supone la alternancia con menos garantías sociales, sino la alternativa real a un Gobierno que está cometiendo errores de bulto.

Señor Feijoó, enfádese, grite si es necesario, hable desde el corazón y no desde los apuntes y observe cómo, en gran medida, el éxito electoral de su compañera Ayuso radica precisamente en esa capacidad de hacerse sentir cercana, viva, y centrada en resolver los problemas de la gente. Que lo haga o no, eso es ya otro asunto, pero la percepción de los madrileños es el de una persona que cree en lo que hace y que hace lo que cree.

Estoy convencido de que las encuestas del CIS podrían aplicar perfectamente estas variables que las demás ignoran. Nada es lo que parece, sino que puede ser mejor o mucho peor, depende de cómo se mire.

Y, por favor, dejen de mirarse entre ustedes y miren la realidad de la calle, el aumento desorbitado de los precios, los impuestos cada vez menos soportables para las empresas pero también para las familias, la falta de empleo, la precariedad laboral de muchas trabajadoras y de muchos trabajadores, la explotación sexual que aún persiste en nuestro país, la libertad con la que actúan las mafias, especialmente en algunas zonas como el litoral malagueño, el aumento de consumo de drogas, los precios de la vivienda, el gasto en alimentos y servicios esenciales para la población.

¿No les da vergüenza?

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