
Hubo un momento durante la pandemia en el que todos aceptamos algo sin discutir: esto es serio. Tan serio que renunciamos a abrazos, a despedidas, a rutinas, a certezas. Tan serio que confiamos. Y, precisamente por eso, lo que esta semana ha confirmado el Tribunal Supremo no es solo una noticia judicial: es una herida que vuelve a abrirse.
José Luis Ábalos, exministro; Koldo García, su exasesor; y el empresario Víctor de Aldama se sentarán en el banquillo por una presunta trama de corrupción vinculada a la compra de mascarillas durante lo peor de la pandemia. No es una investigación preliminar ni un rumor de pasillo: es juicio oral. Y las penas que solicita la Fiscalía hablan por sí solas: hasta 24 años de prisión para Ábalos, 19 años y medio para Koldo García y 7 años para Aldama, con acusaciones que incluyen organización criminal, cohecho, tráfico de influencias, malversación y falsedad documental.
Conviene detenerse un segundo, porque, a fuerza de titulares, hemos aprendido a pasar por encima de lo grave sin mirarlo de frente. Mientras la población vivía con miedo, alguien negociaba contratos. Mientras tú calculabas si podías ver a tus padres, alguien calculaba márgenes. Mientras se hablaba de responsabilidad colectiva, otros hablaban de comisiones. Y eso no es una abstracción jurídica: es una traición íntima al ciudadano de a pie.
Aquí no se juzga solo si hubo delitos. Se juzga una forma de estar en el mundo. La idea -profundamente tóxica- de que, en situaciones límite, todo se flexibiliza, incluso la ética. De que la urgencia lo justifica todo. De que el “ahora no toca” sirve tanto para aplazar explicaciones como para acelerar beneficios.
Lo que indigna no es solo la cifra, aunque duela. Lo que indigna es la desigualdad moral del esfuerzo: que tú cumplías normas mientras otros las rodeaban; que tú aceptabas pérdidas mientras otros veían oportunidades; que tú pensabas en proteger y alguien pensó en facturar. Cuando esa asimetría se instala, el daño es profundo, porque rompe algo básico: la sensación de que todos estamos jugando el mismo partido.
No es una cuestión ideológica. No va de siglas ni de bandos. Va de decencia. Va de si el poder se entiende como servicio o como ocasión. Va de si el miedo colectivo se protege o se explota. Y va, sobre todo, de lo que ocurre cuando el ciudadano empieza a asumir que todo esto “entra dentro de lo normal”.
Ese es el verdadero peligro. No el escándalo, sino la costumbre. Porque una sociedad no se quiebra cuando descubre que ha habido corrupción; se quiebra cuando deja de sorprenderse, cuando baja los hombros, cuando piensa que indignarse es ingenuo y exigir es exagerado.
Este juicio llega tarde para muchas cosas, pero no para todas. Llega a tiempo, al menos, para recordar que no estábamos equivocados al indignarnos, que no era paranoia ni exageración, que había motivos, que los hay, y que exigir explicaciones no es revancha, sino higiene democrática. Porque no es solo una causa judicial: es una grieta moral. Si, en el momento más frágil de un país -cuando se pedía sacrificio y confianza-, el sistema permitió que alguien viera una oportunidad, entonces el problema no es solo quién firmó, quién cobró o quién intermedió. El problema es qué hemos normalizado.
La justicia decidirá si hubo o no delito. La sociedad debería hacerse una pregunta más incómoda: qué precio estamos dispuestos a pagar por mirar hacia otro lado. Porque el verdadero daño no está solo en el dinero que pudo desaparecer, sino en la idea -mucho más peligrosa- de que, incluso en una emergencia, hay quien juega con ventaja. Y, cuando eso ocurre, la factura no llega en forma de sentencia: llega en forma de desconfianza. Y esa sí la pagamos todos.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam






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