
No habían transcurrido apenas unos días desde su ingreso en prisión cuando el que fuera ministro de Transportes de Sánchez empezó a sentir un “apretón” de los buenos, de esos en los que el mástil apunta hacia Groenlandia, lo suficientemente intenso como para solicitar un vis a vis entre la desesperación y los dolores en sus partes más nobles.
Pues bien, queridos lectores, toca tirar de sororidad masculina: un hombre de 66 años que conserva la fogosidad de un veinteañero no hay “feminismo” que lo apague. Porque sí, como suelo decir, un ‘apretón es un apretón’ y, cuando lo tienes, lo mismo saludas dando dos besos a quien tienes enfrente que invitas a la fémina a hacerte compañía, completamente en cueros. Eso sí, siempre con consentimiento.
El gran José Luis es el típico “machote” que, de no pertenecer al mundillo de la política, resultaría simpático para buena parte de la población, especialmente entre los varones: dicharachero, cercano y bastante natural. Es socialista porque es feminista, o quizás sea al revés… hasta que lo de abajo comienza a entrar en combustión; entonces su feminismo se va a pique, convirtiéndose en un feminismo tan fijo como discontinuo.
Podremos criticar al exministro Ábalos por haber formado parte de uno de los partidos más miserables, cínicos, oportunistas e hipócritas de España, pero nunca por la naturalidad que transmite ante un micrófono, tanto en su lenguaje verbal como en el no verbal. Es valenciano, de Torrent… y no me refiero al otro cuya pregunta estrella es: “¿Nos hacemos unas pajillas?”. Se trata de ese tipo de personas que, entre zuritos o cervezas, son capaces de arrancar una sonrisa a quien atraviesa un mal momento. Representa, además, a uno de esos individuos que saben demostrar lealtad a quienes les son leales.
Es probable que más de un hombre sienta envidia, no solo por la virilidad que transmite José Luis —ya más cerca de los 70 que de los 60 años—, sino también por las mujeres exuberantes que han compartido su lecho, por los viajes colmados de experiencias y por las abundantes comidas y cenas que lo acompañaron en sus años como ministro. En el fondo, podría ser incluso la envidia de los más jóvenes, pues José Luis encarna el arquetipo de fucker gracias a dos ventajas que ellos, en términos generales, difícilmente poseerán: una estabilidad personal y laboral sólida y una tarjeta de crédito con suficientes ceros como para agasajar a mujeres generosas, siempre dispuestas a brindar “amor”, mucho “amor”.
Y es que, más allá de los discursos solemnes y las portadas de periódico, lo que realmente despierta admiración —y también cierta envidia— es esa capacidad de vivir la política como una prolongación de la vida misma: con placer, con excesos y con un descaro que muchos quisieran imitar. José Luis no solo encarna al político de carne y hueso, sino también al fucker que se permite disfrutar de lo que tiene sin pedir disculpas por ello. Quizás ahí resida su verdadero magnetismo: en recordarnos que, incluso en los pasillos más sombríos del poder, todavía hay espacio para la picardía, la buena compañía y, por qué no, para brindar con un buen kalimotxo.
Periodista bilbaíno a jornada completa, anteriormente locutor en Cadena SER Miranda y al mismo tiempo articulista en diversos medios digitales. Amante del gimnasio y la naturaleza a tiempo parcial.
“Si tú no trabajas por tus sueños, alguien te contratará para que trabajes por los suyos”
-Steve Jobs.
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