
Ay, la Navidad, una festividad tan cargada de emoción como de nostalgia. Una celebración de un día que ocupa un mes entero. Una fiesta que entró en nuestros hogares y vidas para dar paso a un nuevo año. Un recordatorio del año que hemos tenido y un momento para implorar que el siguiente año sea mejor.
Navidad, en la que históricamente se celebra el nacimiento de Jesús de Nazaret, según las sagradas escrituras. Sin embargo, no voy a hablarles de lo que la Biblia establece como Navidad o Natividad, o como lo quieran llamar. No soy yo quien va a hablarles del porqué se celebra; eso ya se lo dejo a quienes les llena de ilusión y emoción hablar de la Navidad como algo bíblico.
Me voy a sincerar con ustedes. Hace muchos años que abandoné la idea de encontrarle sentido a una festividad como la Navidad. Una fiesta en la que se reúne la familia en dos cenas de Nochebuena y Nochevieja para celebrar la víspera de Navidad y Año Nuevo. Y luego abrir los regalos el día 25 de diciembre. Para el niño, ha llegado Papá Noel. Para los adultos, es un día más de fiesta.
Como he dicho antes, ya no le encuentro ningún sentido. ¿Qué se celebra realmente? ¿Por qué tengo que reunirme con mi familia para solo dos cenas y dos comidas familiares, cuando durante todo el año no los he necesitado en absoluto? ¿Por qué tengo que ser hipócrita en estas fiestas, esbozar una sonrisa falsa delante de todos, si en realidad es que no hay motivos? ¿De qué sirve gastarse dinero que uno no tiene en regalos que no necesitamos, para dar una imagen modélica y afable? Y, sobre todo, ¿por qué en Navidad?
¿Recuerdan la película de El Grinch? Ni que decir tiene que Jim Carrey interpretó un gran papel, el de un ser despiadado, lamentable, y a la par que gracioso de color verde. Pero aquel que haya interpretado el mensaje que transmite esa película, no es que el Grinch quiera ser feliz también, no. El mensaje es que, en la vida real, todos tenemos a un Grinch dentro de nosotros y que es completamente normal que, en cierto momento de nuestras vidas, no le encontremos ningún tipo de significado a la Navidad.
Porque no, no voy a ser más feliz si en Nochebuena ceno con mi familia y en Nochevieja celebro las campanadas de fin de año. Tampoco voy a ser más feliz si me dan un regalo o si yo le hago un regalo a mis semejantes. Tampoco voy a ser más feliz si monto los adornos de Navidad en mi casa para luego quitarlos en enero o en febrero. Porque, en realidad, nada cambia por una festividad. Tan solo se celebra más de forma obligada por ser tradición que por ilusión. Porque, en el fondo, todos queremos dejar de lado nuestra realidad por un rato en la mesa, sentado al lado de tu familia, disfrutando de un plato de jamón y unos langostinos.
Muchos, en Navidad, no celebran la Navidad. Muchos celebran la compañía, un refugio, un lugar en la mesa, un recuerdo e incluso un momento de felicidad, corta pero plena. Otros hacen el esfuerzo de celebrar lo anterior con nostalgia de alguien que ya no está. Y también hay otros que no tienen motivos para celebrar.
Y, si me permiten, me gustaría destacar que la Navidad hace bastante tiempo que ya no es una festividad de ilusión y tradición, para convertirse en una fiesta de un consumismo desmesurado, para opacar una hipocresía disfrazada de felicidad, que encarna una avaricia en el ser humano en estas fechas tan señaladas. Gente que, por un regalo para el niño, para la novia, para el sobrino o para ese compañero de trabajo que solo lo ves de cuando en cuando, se forma una larga fila para dejarte el sueldo en un regalo del que sabes que, en otro momento del año, jamás te habrías gastado ese dinero. Por no hablar de las reuniones familiares. Seamos sinceros: aguantar a gente a la que no le importas mientras come tu comida en una cena de Navidad no hace que seamos felices, por mucho que lo queramos aparentar.
Sin embargo, aunque a algunos no nos guste celebrar esta festividad, se agradece estar en compañía, aunque sea por dos ratos, más meramente por no estar solo, que por celebrar una fiesta a la que no le encuentro sentido, y por hacer el esfuerzo de no caer en la nostalgia. Dicho esto, os deseo a todos una Feliz Navidad, unas felices fiestas y un próspero Año Nuevo.






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