
Lo del actual Gobierno de España no es gestión, es una función de circo macabro donde el espectador siempre acaba robado y, ahora, posiblemente infectado. En el momento justo en que la corrupción sistémica del PSOE empieza a oler peor que la sentina de un carguero, nos montan el «show del Hantavirus» en Tenerife. Es el manual básico de la distracción: si el fango judicial te llega al cuello, fleta un barco con virus exótico para que el telediario abra con epidemiología de saldo en lugar de con las mordidas de tus ministros y los negocios de la «familia».
Esto sería como para partirse de risa, si no fuera porque nos jugamos la salud, ver a Mónica García al frente de esto. La ministra, cuya mayor habilidad hasta la fecha ha sido poner cara de indignación ensayada frente al espejo y dar lecciones de ética desde el palco de la superioridad moral, se mueve por esta crisis como un pulpo en un garaje. Su papel se limita a repetir como un loro los dictados de la OMS, esa organización que es, básicamente, un cementerio de elefantes para burócratas globales que viven de asustar a la población desde hoteles de cinco estrellas mientras ignoran las verdaderas catástrofes hasta que ya no pueden ocultarlas.
Mónica García no gestiona; ella posa. Es la ministra «atrezzo», una figura decorativa que utiliza la salud pública como una extensión de su campaña de marketing personal. Verla intentar explicar un protocolo sanitario es asistir a la muerte de la lógica: mucha palabrería de «lo público», pero una incapacidad absoluta para coordinar nada que no sea su próximo hilo de Twitter. Y qué decir de la OMS, ese organismo que predice el apocalipsis cada martes, pero fue incapaz de ver venir una pandemia mundial hasta que la tenía en la puerta de casa. Ahora, bendicen el atraque en Tenerife con su habitual aire de infalibilidad pontificia, ignorando los riesgos locales con tal de mantener su agenda de «gobernanza global».
Para el Gobierno de Sánchez, la OMS es el «comodín del público»: si algo sale mal, dirán que «seguíamos recomendaciones internacionales»; si sale bien, se venderán como la vanguardia sanitaria del planeta. La OMS pone la música y Mónica García baila un zapateado sobre la seguridad de los canarios. Pero donde la náusea se vuelve insoportable es en el manejo de las competencias. Aquí es donde Pedro Sánchez revela su verdadera cara de autócrata de bolsillo, con un doble rasero que hiela la sangre:
En Valencia (la DANA): cuando el cielo se desplomó sobre los valencianos y el fango sepultaba familias, el «Líder Supremo» se puso exquisito con la ley. «Si necesitan ayuda, que la pidan», soltó con una frialdad sociopática. Allí, la autonomía era un muro infranqueable, una excusa legalista para lavarse las manos mientras la gente se ahogaba. El Estado central era, convenientemente, un gigante paralítico que no podía actuar sin el permiso del barón de turno.
Mientras que en Tenerife (El Barco): ¡Ah, pero amigo, aquí el guion ha cambiado! En Canarias, el Gobierno regional, haciendo gala de un instinto de supervivencia básico y responsabilidad hacia sus ciudadanos, se niega a que el barco infectado fondee. Y, ¿qué hace el paladín de las autonomías? Se pasa la soberanía canaria por el arco del triunfo. En menos de lo que tarda en despegar el Falcon, el Gobierno central anula competencias, impone su mando único y obliga al atraque por la fuerza.
¿Cómo se explica esto? Es sencillo y perverso: en Valencia, ayudar implicaba responsabilidad, barro y trabajo; en Tenerife, traer el barco implica control de la narrativa y una cortina de humo perfecta. Para salvar vidas en el Mediterráneo, Sánchez es un legalista timorato que respeta las «competencias»; para meter un virus en el Atlántico contra la voluntad de los isleños, es un rodillo absoluto que arrebata poderes sin parpadear. Conclusión: El virus es el síntoma, el Gobierno es la enfermedad.
Han convertido Tenerife en un laboratorio de su propia supervivencia política. No es caridad cristiana ni logística internacional; es el «Hantavirus de Estado». Necesitan que hablemos de incubaciones y cuarentenas para que no hablemos de los registros de la UCO, de las cartas de recomendación de la «parienta» y de los negocios de los amigotes que desfilan por los juzgados.
Mónica García seguirá balbuceando consignas vacías, la OMS seguirá cobrando cuotas millonarias por no servir para nada, y Pedro Sánchez seguirá jugando a ser Dios en los territorios ajenos mientras abandona a su suerte a los que de verdad le necesitan. La única peste real que recorre España no ha llegado en barco; despacha cada martes en el Consejo de Ministros.






Be the first to comment