El día en el que todos ganan

Si existe un día concreto en el que todos los partidos coinciden en algo, ese es el posterior a la celebración de unas elecciones autonómicas. Da igual los resultados obtenidos: todos los celebran como si les hubiera tocado el Gordo de la Lotería de Navidad. Los vencedores, porque han ganado; los derrotados, porque han resistido; y los minoritarios, porque han crecido. La política española ha perfeccionado hasta tal punto el arte del relato que, en ocasiones, tanto el partido de turno como sus simpatizantes más acérrimos parecen más dispuestos a construir y aceptar una narrativa favorable que a analizar detenidamente los datos que han dejado las urnas.

A pesar de que este artículo nazca con intenciones humorísticas, queridos lectores, quiero que saquéis también vuestra vena crítica y reflexionéis sobre el escaso nivel de exigencia política que, en términos generales, tenemos los ciudadanos españoles. Porque es lógico que unas siglas intenten vendernos humo en forma de optimismo falsario tras una cita electoral; lo preocupante es que buena parte de nuestros compatriotas compren el discurso de su formación política de cabecera sin el menor espíritu crítico.

Las recientes elecciones andaluzas son un claro ejemplo de ello. El Partido Popular volvió a ganar —no a arrasar, como nos quieren vender muchos— los comicios, al obtener 53 representantes. Sin embargo, la lectura triunfalista de los de Juanma Moreno flaquea cuando se mira con lupa. La mayoría absoluta que obtuvieron en 2022, cuando alcanzaron los 58 diputados, se ha reducido, lo que provoca que los populares se vean obligados a depender de Vox para presidir Andalucía.

Y aquí es donde surge el meollo de la cuestión del análisis político simplista. Claro que el Partido Popular sigue siendo la fuerza dominante en la comunidad autónoma, pero también lo es que un partido que gobernaba con mayoría absoluta no puede vender a los andaluces estos resultados como un éxito rotundo cuando ha perdido dicha mayoría. ¿Un resultado semipositivo? Sí, pero no como para lanzar pirotecnia a destajo.

El PSOE, por su parte, tampoco tardó en presentar su propio relato de ciencia ficción optimista. María Jesús Montero obtuvo 28 escaños, empeorando incluso el balance de las pasadas elecciones, en las que su partido llegó a alcanzar los 30 representantes. Aun así, gran parte de su discurso posterior se centró más en destacar la pérdida de la mayoría absoluta del PP que en asumir su incapacidad para reconectar con amplias capas de su antiguo electorado. Vamos bien.

Bajo mi punto de vista, la situación del Partido Socialista merece una reflexión algo más profunda. El grado de tolerancia de parte de su electorado resulta llamativo, teniendo en cuenta la hemeroteca de Ferraz, donde se incluye a un Gobierno central señalado por numerosas polémicas constantes, así como por escándalos históricos como el de los ERE en Andalucía, que parecen no haberles pasado factura a tenor de los resultados de estos últimos comicios. BDSM en estado puro… y duro.

Vox, en cambio, probablemente sea el único que puede sentirse satisfecho con los resultados obtenidos, ya que ha pasado de 14 a 15 escaños entre los tres partidos. Si bien el crecimiento ha sido moderado, lo positivo para ellos es que podrán influir en la gobernabilidad en Andalucía. Como persona reacia a las mayorías absolutas, debo confesar que este resultado lo aplaudo, incluso con las orejas si es necesario.

No obstante, también considero que deben hacer autocrítica, ya que tanto dirigentes de primera línea de la formación como sus votantes más acérrimos no han dejado de señalar que la presentación de SALF en estos comicios andaluces ha impedido que su resultado fuera mayor. Ante esta situación, les pido una reflexión honesta, planteándoles la siguiente cuestión: cuando una parte, aunque sea mínima, del electorado decide marcharse de vuestro partido, ¿no será que quizás algo habéis hecho mal, en lugar de culpar a una tercera formación por presentarse?

¿Y qué decir de Podemos 1 y Podemos 2, como denomino a Por Andalucía y a Adelante Andalucía? Los primeros lograron mantener los resultados de las elecciones pasadas, con cinco representantes, mientras que los segundos protagonizaron una de las grandes sorpresas de la noche al pasar de dos a ocho escaños. A mi juicio, la formación de Antonio Maíllo puede dar por bueno el resultado, dentro de lo malo, al no haber logrado captar voto procedente del PSOE, mientras que la de José Ignacio García no solo puede, sino que debe mostrarse muy satisfecha por la “gesta” lograda. Las cosas como son.

Si es que, como habréis podido comprobar tanto a través de las redes sociales como de los medios de comunicación y las televisiones, el problema de nuestra sociedad reside en la desaparición de la autocrítica por parte de todos. Por desgracia, en España tendemos a normalizar que los partidos con los que simpatizamos siempre ganan, incluso cuando pierden apoyos, retroceden en votos o empeoran sus resultados. La política se parece cada vez más a un partido entre Barça y Madrid comentado por hooligans incapaces de reconocer los errores propios, a la par que magnifican los ajenos.

Pero, a diferencia de una final de Champions —con el agravante de un Clásico— en la que solo un equipo levanta el trofeo, en política nadie parece estar dispuesto a asumir su derrota. Todas las formaciones encuentran la manera de presentarse como vencedoras morales, aunque los resultados certifiquen lo contrario. Y, mientras tanto, gran parte de los españoles acepta los relatos de su partido de cabecera sin detenerse a contrastar cifras, analizar contextos o exigir responsabilidades.

En definitiva, la política se ha convertido en un juego repleto de relatos en el que nadie pierde, y la verdad —aquella que reflejan los datos— queda relegada a un segundo plano. En este silencio, o ante la escasa exigencia de la ciudadanía, sumado al papel de los políticos y de los profesionales de la comunicación, todos acabamos pagando el precio. Porque, cuando la verdad desaparece del debate público, el poder deja de tener límites y la democracia se vacía de contenido hasta convertirse en una simple escenografía sin consecuencias reales.

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