España deja Eurovisión… y quizá el problema no sea Eurovisión

¿Recuerdas cuando Eurovisión era una noche de canciones imposibles, vestidos difíciles de explicar y familias enteras esperando puntuaciones con una emoción completamente desproporcionada? En mi casa se cenaba antes. O más rápido. Mis padres, mis dos hermanas, mi hermano y yo estábamos preparados delante del televisor como si aquello fuera una final histórica. Y, siendo sinceros, durante años lo fue. Lo curioso venía después: al día siguiente todo el mundo hablaba de lo mismo. En el colegio, en el trabajo, en el bar. Durante unas horas, daba la sensación de que millones de personas compartían algo pequeño, absurdo incluso, pero común. Y eso tenía mucho más valor del que entendíamos entonces.

Porque unir no siempre significa pensar igual. A veces, unir consiste simplemente en mirar lo mismo, reírse de lo mismo o discutir apasionadamente sobre asuntos completamente inútiles durante unas horas. Descansar. Quizá por eso, la noticia de que España decida apartarse de Eurovisión ha generado algo más profundo que una discusión sobre música o política internacional. Porque la sensación rara no viene solo de la decisión. Viene de descubrir que, incluso aquello que parecía servir para desconectar del ruido del mundo, ha terminado convirtiéndose también en parte del ruido.

Este año, muchas conversaciones dejaron de girar alrededor de canciones. Empezaron a hablar de guerras, exclusiones y de por qué determinados países desaparecen de competiciones deportivas o culturales mientras otros continúan presentes en escenarios internacionales. Entonces aparece una pregunta incómoda: si las reglas cambian dependiendo del conflicto o del contexto, ¿siguen siendo principios o empiezan a convertirse en excepciones? No es una defensa. No es una acusación. Precisamente ahí está el punto. La cuestión no es decidir quién tiene razón; la cuestión es otra: si seguimos creyendo que las normas funcionan igual para todos.

Porque los seres humanos soportan bastante bien normas duras. Lo que llevan peor es pensar que las reglas cambian según quién mire. Y, cuando aparece esa sensación, surge algo muy difícil de recuperar: la confianza. Quizá por eso hay tanto cansancio últimamente. No hablo solo del cansancio habitual de trabajar, pagar facturas o llegar agotado al final del día. Hablo de otro más extraño: el cansancio de sentir que absolutamente todo exige posicionamiento inmediato. Como si escuchar una canción necesitara contexto político. Como si disfrutar empezara a requerir justificación. Antes bastaba decir: “me gusta esta canción”. Ahora parece faltar otra frase: “…pero antes déjame explicarte mi postura sobre el conflicto internacional”.

Y uno no sabe si eso es conciencia colectiva o agotamiento. Porque una sociedad cansada hace algo curioso: descansa menos, desconfía más y termina convirtiendo incluso el entretenimiento en territorio sensible. Hemos conseguido convertir hasta las lentejuelas en conflicto internacional. Eso tiene mérito. Y un poco de tristeza. Hubo un tiempo en el que Europa discutía canciones. Hoy parece discutir si todavía puede permitirse discutir canciones. Pasamos de esperar doce puntos de Portugal a exigir coherencia geopolítica antes de escuchar una balada.

No sé si España debería estar o no en Eurovisión. Desconfío bastante de quienes tienen respuestas rápidas para preguntas complejas. Pero sí sé algo: echo de menos aquella sensación infantil de una familia reunida delante del televisor esperando puntuaciones absurdas con una emoción completamente desproporcionada. Echo de menos discutir sobre canciones. Solo canciones.

Porque quizá el verdadero problema no sea que España abandone Eurovisión. Quizá el problema sea descubrir cuánto echamos de menos una época donde una canción bastaba para reunir a una familia… y el mayor conflicto de la noche era entender por qué Alemania había vuelto a votar raro. Hubo un tiempo en el que compartir importaba más que posicionarse. Y quizá eso, mucho antes que un festival, sea lo que estamos dejando atrás. No Eurovisión. Algo bastante más difícil de recuperar.

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