Las trincheras de la fiebre

Tiznados de azul en el rostro, caían ahogados en sus propios vómitos sangrantes los soldados en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Las trincheras de la gran guerra fueron sarcófagos gigantes y zigzagueantes sobre el terreno en una muerte sin estruendo. Finalizando la cruenta contienda, un nuevo combatiente entró en escena, la escena militar, seres de una estructura simple y unicelular, protegida por una corona de proteína muy similar a la alambrada militar.

Era silencioso en su ofensiva pero contundente, causando cuantiosos estragos en las tropas de un bando o del otro. De hecho, no eran aliados de ninguno de ellos. En su ínfimo tamaño reside su fuerza y su fin era simplemente la muerte del ser humano más allá del uniforme que vistieran. Los fosos cavados a lo largo de media Europa llegaban a ser avisperos húmedos de miseria al servicio de la gripe española.

A miles, los soldados esperaban la muerte entumecidos en el barro, hundidos en el relente que les calaba hasta los huesos y desarmados ante el inédito y hostil contrincante. Los soldados, jóvenes algunos y de mediana edad otros, agonizaban sin remedio y sin rechistar. Mientras que en el resto del mundo, en el mundo civil, era algo más civilizado que el de los frentes armados, las funerarias no daban abasto para traspasar tanto cadáver al otro mundo.

La gripe de 1918 alcanzó hasta las zonas recónditas del planeta y acabó con la vida de más personas que la temida peste negra que asoló Europa en la Edad Media. Se estima que pudiera segar la existencia de más de cuarenta millones de seres humanos en el mundo pero son son cifras poco contrastadas y aún discutidas científicamente.

Las cepas mutan al compás de la incorporación de tropas de distintos lugares al conflicto armado que llevaba cuatro años de matanza en el viejo continente. Pérdidas brutales de vidas para no avanzar ni unos pocas decenas de metros entre las distintas y purulentas zanjas militares coronadas por rollos infinitos de alambre de espino. Zanjas que no evitaban la muerte ni tampoco salvaban vidas, tan solo ocasionaron heridas sangrantes e infecciones, que corruptas ingresaban en el organismo a través de la piel rasgada.

La Primera Guerra Mundial fue una coctelera perfecta donde agitar los elementos ideales que la muerte siempre necesitó. Movimientos migratorios mundiales estancados en pocos kilómetros cuadrados de miseria y penuria, que creían ganar una guerra, obtener victorias sin sentido alguno y todo ello en la ignorancia en la que con el tercer contendiente, iba ganando cada combate sin sufrir baja alguna, sin ser detectado y mucho peor, sin tener armas ni conocimiento para enfrentarse a él.

Las bayonetas, los incipientes bombardeos lanzando bombas a mano y a ojo de buen cubero desde biplanos pertenecientes a la incipiente aviación militar o el temible gas mostaza, nunca fueron tan efectivos o certeros cómo cualquiera de las cepas de la gripe que intervinieron en la guerra.

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