Universidad de Alicante: un oasis de Libertad

Sirva este artículo para poner en valor la enorme labor que está realizando el Consejo de Estudiantes de la Universidad de Alicante (CEUA), con su Presidente Álvaro Asencio a la cabeza, para devolver a las universidades a lo que realmente nunca debieron dejar de ser: centros de Libertad. La universidad es de todos y siempre se ha tenido la consideración de que las universidades son el espacio donde impulsar y desarrollar no solo cuestiones académicas sino, también, sociales y políticas. Es esencial que los jóvenes se acerquen a la política de la que el 100% de los ciudadanos participamos de una u otra manera.

Lamentablemente, las universidades -en su faceta política- han sido monopolizadas en los últimos años por la izquierda cultural de la mano del poder político institucional con partidos como el PSOE o Podemos. Y, para muestra, un botón: esta última formación se concibió, gestó e impulsó en las entrañas de la Universidad Complutense de Madrid. Y todo ello ha provocado la equivocada sensación de que la universidad pública únicamente puede estar al servicio de una suerte de intelectualidad casposa repartidora de ingentes cantidades de moralina y decadente superioridad moral. Nada más lejos de la realidad. La universidad, reitero, es de todos. Siempre con respeto a los valores y principios que informan nuestra Constitución y, por ende, nuestro ordenamiento jurídico, la universidad debe ser un foro donde todas las ideologías constitucionalistas puedan debatir sobre cuestiones sociales o políticas con absoluta libertad

Y hoy, por fin, es lo que está sucediendo en Alicante. En los últimos dos meses se han realizado diversos eventos organizados por el CEUA en los que por fin se ha dado cabida -sin menoscabar el derecho de nadie a realizar lo propio- a los disidentes del status quo. Hoy la Universidad de Alicante es, quizá, el principal -tal vez único- foro académico público de España donde intelectuales y representantes políticos y de la sociedad civil de un amplio espectro social y político pueden poner sobre la mesa cuestiones que están en la calle, cuestiones que afectan al 100% de las familias y que, sin ningún lugar a dudas, marcan el presente y el proyecto de futuro de toda una nación. Dos conferencias a las que tuve el honor de asistir, realizadas en el centro universitario alicantino, me marcaron profundamente. Y no me refiero únicamente al contenido específico de las mismas, sino a la posibilidad de poder asistir a un acto de resistencia frente a la imposición ideológica y cultural de la que el pueblo español está siendo víctima.

La primera, de Jorge Buxadé (Globalismo o Patria), supuso en mí una auténtica ruptura mental sobre un falso paradigma que tenía tan interiorizado que su ruptura se presentaba como una utopía. Tener a un ponente de tan brillante preparación académica, jurídica y política desglosando los riesgos que para occidente representa el globalismo que las élites abrazan e intentan imponernos sin pudor alguno supuso la desaparición de mi concepción sobre el futuro que la libertad -la de verdad- tenía dentro de las universidades. Algo también emocionante fue ver entre el público como jóvenes con gran preparación intelectual y curiosidad política debatieron los argumentos de Buxadé. También en libertad. Sin imposiciones, sin amenazas, sin coacción.

Y esta misma semana, nada menos que una conferencia en defensa de la lengua española. ¡Sí, como lo lees! ¡En una universidad pública de la Comunidad Valenciana! Hay esperanza en nuestra tierra para frenar el pancatalanismo que busca someternos e incluirnos en los distópicos “países catalanes”. Y para imponer la cordura y la defensa del nexo cultural común de más de 560 millones de personas prácticamente en todos los continentes del globo, Macarena Olona, Javier Esparza y, quizá los más importantes, Sonia Terrero y Rafael Araujo, representantes de la COVAPA y de la CONCAPA (confederación de AMPAS de centros públicos y concertados, respectivamente). Esto no es baladí. En esa mesa redonda no solo había una dirigente política de la tercera fuerza del país y un escritor de reconocido nivel intelectual. Ahí estaban los máximos representantes de los verdaderos afectados por el elevadísimo -y creciente- nivel de imposición -e inmersión- lingüística del catalán en nuestra tierra: las familias.

Ambas conferencias tuvieron dos cosas en común: la denuncia pública del totalitarismo que amenaza nuestra forma de vida y que intenta hipotecar nuestro futuro sometiéndolo a la oscuridad de lo políticamente correcto -y peligrosamente preparado- y que, en ambos eventos, nos esperaban en la puerta los siempre agradables, demócratas y pulcros -en vestimenta, higiene y modales- “antifascistas”. “Antifascista”, que bonita palabra y qué manera de esconder en lo más profundo un odio visceral a la diversidad de opiniones. Debe ser que no les gusta demasiado que en el único centro operativo que les queda se les esté cayendo a pedazos.

Pero me quedo, con mucha diferencia, con lo primero. La Libertad ha entrado en las universidades. Y la de Alicante, la mía, en la que pasé mis mejores -y más duros- años entre manuales y prácticas de Derecho, es la punta de lanza. La Libertad está de enhorabuena y todo ello gracias a un puñado de jóvenes representantes de la mayoría de los alumnos de una universidad pública. Hay esperanza. Sin duda.

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