Una historia del futuro

Amelia era la persona más vieja del distrito. A sus 35 años se había convertido en un ser extraño, casi repulsivo para sus vecinos. Le habían hecho pruebas médicas para intentar resolver el enigma de su longevidad. Si los científicos habían descubierto algo ella no lo sabía, nadie le dio explicaciones y por supuesto tampoco iba a preguntar, no le había enseñado a hacer preguntas.

Amelia pertenecía a “La Cuarta Clase de Ciudadanos”, los que limpiaban en las fábricas. Estos vivían en pequeños grupos poblacionales cercanos a las zonas industriales. Cada humano tenía designado un contenedor a modo de vivienda cuyo espacio estaba divido en dos partes: un dormitorio y un baño. Como lo normal era no pasar de los 30 años los recipientes eran vueltos a rellenar tras ese tiempo, a veces incluso antes, por lo que nadie conocía a nadie. Los pobladores se veían cuando salían a trabajar, pero no se miraban entre ellos y tampoco hablaban. Una alarma general los despertaba, otra los avisaba de la hora en la que debían estar listos y otra les indicaba cuando se abrirían las puertas para salir. Entre unas y otras no pasaban más de 15 minutos. Todos en fila, como la procesionaria del pino, se dirigían calladitos hacia la mole de hormigón, custodiados por máquinas voladoras.

En la fábrica apenas había humanos, sólo quedaban algunos ingenieros y mecánicos, eran “Ciudadanos de Tercera Clase”, pero cada vez había menos porque las máquinas habían desarrollado la capacidad de autorepararse y ya no se necesitaba la labor de los expertos de carne y hueso. Los Humanos se seguían conservando por varios motivos, entre ellos estaba la extraña nostalgia que sentía uno de Los Salvadores por la raza humana y las antiguas sociedades, sociedades que él mismo había contribuido a destruir.

No había un horario fijo de trabajo, todo dependía del clima. Normalmente hacía mucho calor así que las labores se realizaban al caer la noche y duraban hasta el amanecer. La temperatura apenas bajaba unos grados, aun así, era un alivio. En cualquier caso, después de más de un siglo viviendo en El Infierno, los humanos se habían adaptado a las altas temperaturas. Aunque … cada vez era más difícil soportarlas.

El país en el que vivía Amelia era un desierto de roca dura. Apenas había grandes urbes y estaban reservadas para unos pocos privilegiados, «Los Ciudadanos de Primera Clase», entre los que se encontraban algunos de Los Salvadores y descendientes de los mismos. Varios Salvadores habían conseguido sobrevivir más de cien años gracias a los avances de la ciencia y los trasplantes de órganos. Con ellos vivían Los Ciudadanos de Segunda Clase, informadores y artistas, seleccionados en Los Criaderos de Humanos para entretener a las clases dirigentes.

Las ciudades estaban amuralladas y cubiertas por un escudo que las protegían del sol. Cerca de ellas se encontraban los barrios de La Tercera Clase de Ciudadanos, médicos y profesores habitaban cómodos contenedores con jardín. Fuera de ahí sólo quedaban kilómetros y kilómetros de grandes placas solares que lo cubrían prácticamente todo, tan sólo se detenían cerca de alguno de los puntos en los que se habían construido las fábricas y los asentamientos de los trabajadores. Malévolamente, los vidrios rodeaban estos escenarios para luego proseguir su camino.

Esos atrapa rayos de sol habían recogido y acumulado demasiada energía solar. Era tanto el calor que generaban y tan poco lo que llovía que todo atisbo de vida había sido aniquilado. Los ríos se encontraban fuertemente protegidos por lacayos robotizados. Los “monstruos solares” necesitaban ser “alimentados” y nadie ni nada podía acceder a ellos. Se necesitaba agua, cada vez había menos y se requería para regarlas, por lo que árboles y hierbas habían sido arrancados para que no la consumieran. Esto llevó a la extinción de otras especies, aunque se habían generado nuevos seres, seres muy violentos y destructivos. Sólo las máquinas podían hacerles frente. La supervivencia de los pocos humanos que quedaban dependía totalmente de las máquinas, así de grande era su poder.

Una noche, mientras Amelia realizaba su trabajo, escuchó como la llamaban por el altavoz de la fábrica: “Humano 41”- dijo una voz inhumana- “diríjase a La 3ª Puerta”. Ella se quitó los guantes, mirando hacia la nada pasó entre sus compañeros, que seguían centrados en la labor. Llegó a La 3ª Puerta, que era por donde se arrojaban los desechos para ser fundidos, y desapareció.

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4 Comments

  1. Muy bueno. Una mezcla entre 1984, Terminator y los sueños húmedos de Klaus Schwab.
    Y lo mejor, y lo más triste aunque duela, es que no creo que diste mucho de un futuro quizá no muy lejano.

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