Niñas de 9 años como esposas: la barbarie legal

Hay noticias que deberían hacernos temblar el pulso, interrumpir el café y obligarnos a dejar el móvil boca abajo sobre la mesa. Esta es una de ellas. El Parlamento de Irak ha aprobado una enmienda legal que permitiría que niñas de tan solo 9 años puedan ser obligadas a casarse. Sí, lo has leído bien. Nueve. Como tu sobrina, tu hija o tu vecina. Esa que todavía duerme con peluches y no sabe atarse bien los cordones

Pero esto no es una película distópica. No es un capítulo de El cuento de la criada. Esto está ocurriendo ahora. Con el beneplácito de un gobierno que se esconde tras los pliegues de una interpretación religiosa extrema y convenientemente selectiva. Porque, cuando se trata de controlar el cuerpo de una mujer -o de una niña-, siempre aparece una justificación a mano: la tradición, la cultura, la religión, el patriarcado.

Nos preguntamos: ¿dónde están los padres de estas niñas? ¿Dónde se ha metido ese instinto básico de protección? ¿Dónde está el grito? ¿El puño? ¿La huida? Pues, en muchos casos, desaparecidos. Porque ellos también forman parte de este engranaje perverso, donde el “honor familiar” pesa más que la infancia, más que el alma, más que los sueños de una criatura que aún cree en unicornios.

Pero no te equivoques: esta no es solo una historia de Irak. Esta es una historia de todos. De la humanidad entera. De cómo permitimos, con nuestra pasividad, que este horror siga teniendo cabida en un planeta que se autodenomina civilizado. De cómo miramos hacia otro lado cuando no nos salpica. Porque, claro, “eso pasa allí, en países lejanos, con otras costumbres…” ¿Y si fuera tu hija la que, con 9 años, debe decir “sí, quiero” a un hombre de 40 que podría ser su padre o su abuelo? ¿Y si fuera tu hermana pequeña? ¿Tu nieta?

El problema es que la indignación ya no cotiza en bolsa. Estamos tan anestesiados por el ruido de lo inmediato, que barbaridades como esta se pierden entre titulares de cotizaciones, partidos de fútbol y tertulias de plató tan vacías como ruidosas. Pero esta es la noticia que debería hacer temblar los cimientos del mundo. Porque esto no va de política. Ni de religión. Va de humanidad. Y estamos fracasando. Y mientras las organizaciones internacionales piden moderación, cautela, investigaciones… las niñas siguen siendo vendidas como si fueran cabras. El silencio mata. La tibieza, también.

Si mañana legalizan la esclavitud infantil con una sonrisa y un sello oficial, ¿también miraremos hacia otro lado? ¿También diremos “no es asunto nuestro”? ¿Hasta cuándo vamos a tolerar que haya gobiernos que legislen contra los más vulnerables? Hoy es Irak. Pero mañana podría ser aquí. Porque, cuando normalizas la barbarie en una parte del mundo, la estás legitimando para todas. O actuamos… o formamos parte del crimen.

Y sí, quizás no podamos viajar a Irak ni derrocar parlamentos, pero podemos gritar, podemos exigir, podemos educar, podemos votar con conciencia, podemos encender la llama de la incomodidad en los demás, podemos hacer que este horror no pase desapercibido. Porque hay momentos en los que el alma se te revuelve. Y si este no es uno de ellos, es que algo muy grave ya se ha roto dentro de ti.

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