
El anuncio de que Christopher Nolan adaptaría la “Odisea” de Homero despertó altas expectativas. Tras el éxito de Oppenheimer, el director británico parecía el candidato idóneo para plasmar la escala monumental de la Grecia micénica. Sin embargo, la revelación de los detalles de la producción ha encendido las alarmas. Universal Pictures respalda una inversión de 250 millones de dólares que, lejos de honrar el pilar de la literatura occidental, prefiere deconstruirlo bajo las cuestionables licencias del blockbuster estadounidense y peligrosas decisiones éticas en sus localizaciones.
La decisión de Nolan de fragmentar la línea temporal, convertir los encuentros míticos en delirios de estrés postraumático y reducir la presencia física de los dioses del Olimpo no es una innovación; es un vicio histórico del cine norteamericano. La industria de Hollywood arrastra una larga tradición de tratar los textos clásicos como material desechable.
Y no es la primera vez que la épica griega sufre este ultraje. En 2004, la película “Troya” de Wolfgang Petersen eliminó por completo a las deidades, transformando una guerra de dimensiones divinas en un drama mundano. Si nos alejamos de Grecia, clásicos oscarizados como “Gladiator” (2000) reinventaron sin pudor la política romana al sugerir que el emperador Cómodo murió en el Coliseo para restaurar la República, un absoluto delirio histórico. Nada de esto nos puede sorprender ya a quienes vimos, entre estupefactos y desternillados de la risa, arder pasos de Semana Santa como si fueran fallas en la segunda entrega de “Misión Imposible”. Al despojar a la “Odisea” de la intervención de Poseidón o Atenea para transformarla en un «thriller psicológico», Nolan tropieza con la misma piedra: prefiere acomodar el mito clásico a las fórmulas comerciales contemporáneas.
También el reparto ha generado un intenso debate debido a decisiones de casting que rompen radicalmente con la verosimilitud geográfica e histórica del Mediterráneo en la Edad del Bronce. El uso de un reparto diverso responde a las demandas actuales de la industria estadounidense y su realidad étnica, social y cultural, pero choca de frente con el contexto de la obra originaria. La actriz negra Lupita Nyong’o asume un doble papel de enorme peso simbólico al interpretar a Helena de Troya y a su hermana Clitemnestra, lo que genera una evidente desconexión étnica y estética para representar a dos figuras de la realeza espartana y micénica. El actor Elliot Page encarna al legendario guerrero Aquiles en su paso por el Hades. Otorgar el papel del héroe hipermasculino por excelencia de la “Ilíada” a un actor transexual es una de las apuestas narrativas más arriesgadas de Nolan. Y, como colofón, Travis Scott, rapero estadounidense, interpreta un rol menor que emula a los antiguos bardos. Funciona como una estrategia puramente comercial para atraer al público joven.
El apartado visual y lingüístico desborda anacronismos. En lugar de los icónicos cascos de colmillos de jabalí o las armaduras de bronce pulido de la época, el tráiler muestra a las tropas helenas vistiendo pesadas armaduras de cuero oscurecido. También portan espadas de acero pulido, que no empezaría a usarse hasta el s. XI, en lugar de hierro o bronce, en una estética medieval que recuerda más a “Juego de tronos”. A esto se suma el anacronismo verbal provocado por seguir la traducción moderna de Emily Wilson, que incluye expresiones actuales, y un marcado acento estadounidense plano que rompe el misticismo del poema.
El escándalo más grave que empaña a la producción es ético. Nolan decidió trasladar parte de su rodaje a Dajla, ubicada en el Sáhara Occidental. Este territorio, clasificado por la ONU como «no autónomo», sufre una soberanía disputada tras décadas de ocupación militar por parte del Reino de Marruecos. La decisión provocó la repulsa internacional liderada por el Festival Internacional de Cine del Sáhara Occidental (FiSahara). Activistas denuncian que Hollywood se ha prestado a una campaña de «blanqueamiento cultural» para normalizar la ocupación marroquí y silenciar la represión del pueblo saharaui. Resulta irónico que una película sobre un héroe errante despojado de su hogar use como plató un territorio donde miles de nativos sufren un éxodo forzado idéntico.
Nadie duda de que “La Odisea” vaya a ser un hito técnico sin precedentes al rodarse enteramente en formato IMAX de 70 mm, lo que ha sido un enorme reto. Sin embargo, la obsesión por el purismo técnico contrasta dolorosamente con el descuido de la fidelidad cultural, textual y moral. La nueva película de Nolan parece destinada a ser un imponente monumento a la técnica cinematográfica, construido sobre las ruinas deformadas de un mito clásico y la insensibilidad ante un conflicto geopolítico real. Todo para agradar a un público laxo y aculturizado en Historia pero receptivo y muy reivindicativo con los cambios impulsados por el wokismo imperante.
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