‘Torrente Presidente’

Alex de la Iglesia estrenó allá en el ecuador de los noventa El día de la bestia. La cinta se llevó seis premios Goya, incluyendo el de mejor actor revelación para Santiago Segura.  […] Yo soy un pecador de la hostia […] bramaba su personaje, satanista y de Carabanchel. Pocos años después Santiago presentaba su primera película, Torrente, el brazo tonto de la ley, también galardonada con el Goya, resucitando así en las grandes salas a su ídolo; el gran Tony Leblanc. En apenas meses se convirtió en un referente del cine español. Más allá de toda la retahíla de rijosidades, flatulencias y sartas de lugares comunes que adornan al protagonista tanto la primera como las siguientes entregas son hilarantes.

En aquellos tiempos me sorprendió cómo había tanto facha —pero fachas de verdad, no yo— que, en lugar de captar el concepto de antihéroe que planteaba Segura, lo concebía como un referente. Era ridículo. Y así, hoy en día tenemos una izquierda tan borrega y escocida que verdaderamente asume que las ficciones del ex madero franquista, alcohólico y putero son una oda al fascismo y un código de conducta que se trata de impostar y, por consiguiente, Santiago Segura es Goebbels.

En un ambiente de secretismo previo que parecía una omertá, se ha estrenado Torrente Presidente. En su línea habitual de chanzas, pedos y sostenes caídos, introduce una moraleja incolora-ni de izquierdas ni de derechas- y es que cualquier gañán o gorrón asilvestrado puede medrar en la política. Tal es así, que todos y cada uno de los partidos políticos en sus respectivos alter ego reciben su más que merecido sopapo. Desde el Partido Nox, hasta el líder de la PSAE, Pedro Vilches, doppelgänger de adivinen quién. La escena del debate a cuatro con el resto de los candidatos y candidates de las distintas fuerzas políticas no es que sea hilarante es que es un bendito descojone.

Lo que un servidor pudo percibir en aquella sala de cine es que la gente ya ha empezado a reírse con impunidad de la corrección política. La gente ya se carcajea sin atender al decálogo cultural del momento porque reírse de las coñas marineras de una obra de ficción no es adentrarse en el camino del odio (odio se escribe sin h). La comedia vuelve a ser como la lluvia, que cae por igual sobre justos e injustos, y no entiende de cuotas ni de discriminación positiva.

Alerta de spoiler a partir de este párrafo. En la poco novedosa plétora de cameos -de izquierdistas y derechistas al parecer- me infartó la aparición de Kevin Spacey, otra víctima no mortal de la santa cancelación. No creo que fuera fruto de la casualidad llamar al protagonista de House of cards. La sexta entrega de Torrente pone de manifiesto otra verdad tremendamente inquietante para según quién. En este país, la industria cinematográfica, sometida al vasallaje de las subvenciones, no hace dinerete. Santiago Segura, por contra, vuelve a reventar la taquilla y esta vez más que nunca, con un largometraje tal vez sin la profundidad emocional de una miniserie sobre vampiras seropositivas, pero da lo que promete: divertirse. ¡Oigan!, el público, al igual que un gran jurado, ha hablado. Esto no es una peli de Ken Loach ni de Leni Riefenstahl; aquí se viene a reír.

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