
En política, nadie está exento de culpabilidad. El panorama político actual es tan desalentador como apabullante, austero y alejado de la realidad social que atraviesa España. Y, pese a que conocemos a los dos partidos mayoritarios de este país, los cuales solo están para repartirse los sillones del Congreso de los Diputados, un servidor decide mirar otras opciones, y fijándome detalladamente en la tercera fuerza política de España, consigue generarme tantas dudas o más, que el PP y el PSOE.
Lo que empezaba como una formación política que, en el año 2018, irrumpió en las elecciones andaluzas, con el paso del tiempo fue ganando mayor popularidad en el panorama político español. Mediante un programa político absolutamente diferente a lo ya conocido, la formación presidida por Santiago Abascal consiguió entrar en el Congreso de los Diputados con 24 representantes, empezando a ganar terreno en la política española y logrando, a su vez, que se les consiguiera escuchar con más atención.
El discurso, con el paso de la legislatura, empezaba a girar hacia otro sitio. La opinión cambiaba de paradigma dentro de la política española. Gente como Espinosa de los Monteros, Macarena Olona, Javier Ortega Smith o Rocío Monasterio, cubriendo las espaldas de Santiago Abascal, sentaban las bases de un partido político como Vox, que poco a poco comenzaba a ser reconocido. Tanto es así que, en el año 2019, consiguieron duplicar sus resultados electorales, alcanzando nada menos que 52 diputados, una cifra lo suficientemente importante como para formar mayorías e incluso para conseguir realizar mociones de censura.
Pero, como suele suceder en este tipo de escenarios, bajo mi punto de vista, Vox empezó su declive. La dirección nacional de Vox decidió incorporar en sus filas a Juan Luis Steegmann, un señor tan peculiar como polémico que, en mitad de la pandemia, se dedicó a cargar contra aquellos que no estaban dispuestos a vacunarse del covid, instándonos a que nos vacunáramos de forma obligatoria con este tipo de vacunas. Algo que, desde luego, no gustó a sus votantes y que, en vez de optar por lo más lógico, que hubiera sido despedirle de su cargo, Abascal decidiera en su momento blindarle, dándole más poder en la dirección nacional del partido junto a Jorge Buxadé. En la actualidad, Steegmann ya no se encuentra en Vox.
No obstante, esto no termina aquí, ya que, durante los años venideros al covid, Vox sufriría un gran desgaste electoral, que supondría un terremoto de dimisiones y despidos en la dirección nacional. Entre ellos se encontrarían los ceses de Olona, Monasterio y, posteriormente, Espinosa de los Monteros, o la despedida del propio Juan García-Gallardo, quien fuera vicepresidente de Castilla y León, u Ortega Smith, entre otros.
Estos movimientos reflejan el mal momento que atraviesa Vox, a pesar de lo que digan las propias encuestas, unos movimientos que no son meramente cambios de representantes. Pero, más allá de estos asuntos internos, hay ciertas variantes que, a mi juicio, no son de fiar. Y, en esta ocasión, no me refiero al propio Vox, sino a sus “socios” internacionales, aunque entre ellos no lo digo por Orban, Milei, Le Pen o Trump, aunque este último resulte, sin duda, el más controvertido de los ya mencionados.
De acuerdo con que, desde la formación de Abascal, han asegurado por activa y por pasiva que parte de sus financiadores internacionales se encuentran en la oposición iraní, aquella oposición que lucha contra el régimen talibán de Irán. Pero, realmente, el que para mí es el más perjudicial se encuentra en multitud de conflictos en Oriente Medio y tiene comiendo de su mano a todo un líder como Trump o a todo un economista como Javier Milei: Netanyahu. Esa, para mí, es la línea roja que no se debería rebasar.
Este mismo socio que, si por él fuera, Occidente quedaría hecho añicos, del mismo modo que lo están otros países tercermundistas. A consecuencia de tener a Netanyahu como socio, no me fío de Vox. Hablan de prioridad nacional, pero luego da la sensación de que responden a intereses extranjeros. Quizás la prioridad nacional no sea tan nacional como parece y todo siga una línea editorial que busca que España se alinee con esos socios, de la misma manera que tanto PP como PSOE lo hacen con los suyos.
Cabe destacar que, desde que Netanyahu y su país están inmersos en esos conflictos en Oriente Medio y han arrastrado a países como Estados Unidos a dicha guerra, en Vox, con respecto a este asunto, se palpa el silencio. Da la sensación de que esas acciones no son tan condenables como las que hacen aquí los islamistas radicales. Para unas cosas hablan y condenan, pero para otras callan. Esto, cuanto menos, es curioso.
Quizás, a consecuencia de que Vox no se encuentra gobernando el país, esta opinión puede terminar quedando en el olvido, pero espero que, si esto llega a producirse y los de Abascal acaban presidiendo el país o copresidiendo junto al PP, en caso de que nadie cambie, os insto a volver a leer este artículo para corroborar que no son una auténtica alternativa.




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