
La desazón en la sociedad es continua. Escándalos y más escándalos que nos llevan a una situación en la que la normalidad es esa. Y normalizar el estado de la corrupción, desacreditar por sistema a la Justicia o los medios cuando su trabajo y resoluciones no nos son afines no solo no ayuda a nadie, sino que crea un clima de absoluto desánimo entre la ciudadanía.
Ni el Gobierno ni sus alternativas satisfacen al conjunto de la población que, posiblemente, aumente su estampida de las urnas en las próximas elecciones. El problema de todo esto es que el resultado ante un panorama como este de cualquier proceso electoral no será otro que el triunfo de los más indeseados con respecto a los más soportables para la mayoría.
España necesita un cambio absoluto en su concepción política, en su organización política y en su estructura política. Y este cambio pasa por ahondar y profundizar en la separación de poderes y equilibrar las fórmulas de pactos para alcanzar el Gobierno de tal manera que nunca más pudiera darse el espectáculo bochornoso que vivimos en estos tiempos, con promesas vergonzosas que atañen a decisiones judiciales, con pactos a la sombra de los que ahora reniegan quiénes lo firmaron o de acuerdos que otorguen un poder real y efectivo sobre las políticas que afectan a todo el país a partidos muy minoritarios y únicamente votados en los territorios en los que exaltan un nacionalismo contrario a los valores constitucionales.
La desigualdad en la cesión de competencias a los distintos territorios supone, además, una fuerte amenaza al poder parlamentario que los representantes de estas comunidades autónomas pueden ejercer sobre esas competencias de otros territorios que no las tienen asumidas. El Congreso es una cámara de representación del conjunto del Estado, mientras que, teóricamente, es el Senado el que sí podría y debiera entenderse como una cámara de representación territorial. Hoy en día, estas finalidades están intercambiadas de tal forma que apenas se distingue una de la otra si no fuera por una mayoría del Partido Popular en la segunda que resta protagonismo a las autonomías para centrarse en un control férreo de un Gobierno socialista que sólo piensa en qué métodos usar para poder saltarse el control de esta cámara.
Es tal la tomadura de pelo a la que nos están sometiendo, sin presupuestos desde hace años, con importantes leyes que se deslizan hasta su aprobación a base de intercambios de favores y cesiones a los grupos minoritarios que hasta un discurso anti monárquico y en ocasiones anarquista revuela por la cámara de los diputados. La ficción ha llegado a nuestras pantallas cuando escuchamos algunos argumentos, cuando señalan cifras de dudosa procedencia y de más que cuestionable interpretación.
España necesita un sistema reforzado, un Gobierno y unos grupos políticos aferrados no al poder, sino a la capacidad de mejorar la vida de las personas, no de usarlas sin darles verdaderas soluciones buscando en cada campaña su voto. Nada que decir sobre las políticas de género y el comportamiento del partido que gobierna, porque cualquier parecido con las propuestas y el comportamiento de este es un compendio de excusas, de defensa de los propios y de no reconocimiento ni del padre si fuese el caso cuando es tocado por la Justicia y procesado por algún caso de corrupción.
¿Cómo queremos que la ciudadanía crea en el poder político de este país? ¿Cómo esperamos que, en un país que se vende como progresista, según el concepto recreado por algunos partidos, se encuentra con la tasa de pobreza infantil mayor del continente? ¿De qué sirven las míseras ayudas si la vivienda o la alimentación suben por las nubes siete veces la subida de los sueldos? O esto cambia pronto o pronto se acabará este país. Y ojo, parece ser que hay buitres esperando comer los desechos.
Por cierto… buen viaje, Ussía.
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
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