
No todos los premios iluminan. Algunos oscurecen. Algunos se entregan para mostrar poder, no para reconocer mérito. Esta semana, la FIFA decidió inventar un Premio de la Paz y se lo entregó a Donald Trump. Sí, a Donald Trump. Respira, porque entender esto sin perder la fe en la lógica requiere un instante de aire.
El gesto es tan absurdo que duele: Washington, gala, luces, discursos medidos, medalla dorada. Un planeta sostenido por las manos equivocadas. Porque lo escandaloso no es la medalla, sino el relato que la acompaña. Ese relato impostado de “unidad global”, “liderazgo moral”, “acción extraordinaria por la paz” que la FIFA empuja, como si creyera que nadie pensara, que nadie conectara los puntos.
La palabra paz ha sido estirada hasta que ya no significa nada. Y, cuando una palabra pierde sentido, lo pierde todo lo que toca. Porque un premio así no es reconocimiento, ni diplomacia, ni gesto humanitario: es operación de imagen, legitimación simbólica y un intento descarado de reescribir el relato global para instalar la idea de que este hombre es un pacificador. Es la FIFA diciendo, con sonrisa profesional: “La moral ya no nos sirve; tráiganme la chequera”.
Y aquí conviene recordar quién es el galardonado. No el mito, no la caricatura, sino el personaje real: el que endureció políticas migratorias, reforzó muros físicos y psicológicos, avaló operaciones militares discutibles, convirtió acuerdos estratégicos en mercancía diplomática y tensó relaciones internacionales como quien juega al Monopoly con piezas humanas. ¿Ese es el hombre que promueve la unidad mundial?
Es como premiar a una petrolera por “sostenibilidad” porque esta vez derramó el crudo con una sonrisa. El cinismo ya no se esconde: se exhibe. Se celebra. Se institucionaliza. Claro que es un Premio de la Paz: paz para ellos, no para ti. Paz para los despachos, para las cúpulas, para los intereses. Paz para quien decide. Intranquilidad para quien lo observa.
Porque esto no es fútbol. No es diplomacia. No es justicia. Es poder vestido de gala, legitimándose ante el mundo mientras los verdaderos actos de paz -los silenciosos, los cotidianos, los que no cotizan- pasan desapercibidos. Y, mientras ellos inventan premios para que el mundo aplauda, tú puedes hacer algo que el dinero y las medallas no pueden comprar: pensar por ti mismo. Cuestionar. Mirar más allá del foco. No confundir espectáculo con conciencia. No confundir medalla con verdad.
Porque la paz no se corona: se vive. La paz se practica. Se sostiene. Se cuida. Y, a veces, sí, se defiende con actos que jamás aparecerán en titulares ni en ceremonias. Este premio, entonces, es un espejo. Un espejo que no refleja la grandeza de quien lo recibe, sino la decadencia del sistema que lo entrega. Y, mientras algunos aplauden, otros seguimos aprendiendo que el verdadero valor no se entrega: se encarna.
La próxima vez que veas un gesto grandilocuente, una medalla dorada o un discurso diseñado para impresionar, recuerda esto: la paz, la verdadera, no se inventa, no se otorga y no se simula. Se defiende en los pequeños actos de coherencia. En decir lo que se piensa. En no aceptar que otros dibujen la realidad a su antojo. En sostener la mirada frente al poder sin bajar la cabeza.
Y eso, tristemente, no viene con premios ni con aplausos. Viene con conciencia. Con coraje. Con la lucidez de saber que tú -y solo tú- decides quién merece respeto y quién merece tu incredulidad. Porque la verdadera victoria no está en la gala, sino en quien no se deja convencer por la mentira.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam






Trump ha dedicado cientos de horas a la paz en Haza, Ucrania, Taiwán y Congo. Ya ha logrado mucho más que todos los que tanto hablan