
Nos enseñaron a identificar el poder de una forma muy concreta: gobiernos, elecciones, parlamentos. Lugares visibles, decisiones públicas, responsables identificables. Todo ordenado. Todo comprensible. Todo, sobre todo, tranquilizador. Porque cuando sabes dónde está el poder, al menos sabes hacia dónde mirar. El problema es que hace tiempo que dejó de estar solo ahí. Y no lo hizo con ruido ni con ruptura. Se desplazó sin necesidad de que lo notáramos.
Hoy seguimos votando, opinando, posicionándonos. Pero hay una pregunta que casi nunca aparece: ¿quién decide el contexto en el que tomamos esas decisiones? No lo que eliges, sino lo que puedes llegar a elegir. Durante años pensamos que el poder era tener dinero. Después creímos que era tener influencia. Hoy eso también se queda corto. El poder real consiste en diseñar el entorno en el que todo ocurre.
Personas como Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg no solo lideran empresas. Operan en infraestructuras invisibles que organizan la realidad cotidiana. No te dicen qué pensar. Deciden qué aparece delante de ti antes de que tengas que hacerlo. Cuando entras en Meta o TikTok, no eliges entre todo. Eliges entre lo que ya ha sido seleccionado. Cuando compras en Amazon, no exploras el mercado. Recorres una versión del mercado ordenada para ti. Y cuando navegas por internet, gran parte de lo que existe depende de infraestructuras que no ves, pero sin ellas, nada de lo visible funciona.
Aquí cambia todo. Porque ya no hablamos de empresas compitiendo. Hablamos de estructuras definiendo el terreno de juego. Nos gusta pensar que decidimos. Y en parte es cierto. Pero decidir dentro de un entorno diseñado… no es exactamente lo mismo que decidir en libertad. No eliges lo que quieres. Eliges lo que te enseñan. El caso de Cambridge Analytica no fue relevante por manipular votos, sino por algo más incómodo: demostró lo fácil que es influir en cómo te sientes antes de decidir. Y cuando eso ocurre, la decisión sigue siendo tuya.
Aquí no hay villanos evidentes. No hacen falta. Porque el sistema no se impone. Se integra. Funciona. Es rápido, es cómodo… Y a cambio, cedemos sin resistencia: datos, atención, criterio… Sin conflicto. Sin sensación de pérdida. Ese es el verdadero movimiento inteligente: no que aceptes, sino que no sientas que estás aceptando nada. Por eso el poder ya no necesita mostrarse. Le basta con estar dentro de lo que ya utilizas.
Y entonces aparece la única pregunta que importa: ¿cuánto de lo que haces nace de ti… y cuánto ocurre dentro de un marco ya decidido? No hace falta dramatizar. Basta con observar algo muy simple: nunca habíamos tenido tanta sensación de libertad… y, al mismo tiempo, tanta estructura condicionándola. Esto no va de estar en contra. Va de entender. Porque entender no te hace débil. Te hace preciso.
No se trata de salir del sistema. Se trata de algo mucho más incómodo: dejar de asumir que lo ves todo. Porque cuando eso ocurre… sigues viviendo igual, sigues decidiendo, sigues eligiendo… pero ya no desde el mismo lugar. Y entonces pasa algo que no se puede medir, pero se nota: dejas de ser predecible. Y un sistema diseñado para anticiparse a ti… funciona peor cuando no puede hacerlo. No es que nos hayan tomado por tontos. Eso sería demasiado simple. Es algo mucho más sofisticado. El sistema no necesita que no pienses. Le basta con que no te des cuenta de hasta dónde llega.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam






Be the first to comment