
Hay algo profundamente extraño ocurriendo, y sospecho que llevamos tanto tiempo viéndolo que hemos empezado a llamarlo normalidad. Un chico de 29 años trabaja. Una mujer de 31 tiene estudios, experiencia, idiomas y quizá hasta un contrato indefinido, esa criatura mitológica que algunos aseguran haber visto hace años. Ambos hacen prácticamente todo lo que les dijeron que hicieran: estudian, trabajan, ahorran, se esfuerzan y tratan de tomar decisiones responsables. Y aun así siguen viviendo en la habitación donde un día hicieron deberes de secundaria, con muebles heredados, cajones llenos de apuntes que prometían futuro y padres preguntando si van a cenar en casa. Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿en qué momento independizarse dejó de ser una etapa natural para convertirse en una mezcla entre misión imposible y deporte de élite?
Esta semana miles de personas salieron a la calle para protestar por el precio de la vivienda y por una realidad que empieza a resultar difícil de maquillar: trabajar ya no garantiza construir una vida propia. Quizá esa sea una de las transformaciones más silenciosas y más importantes de los últimos años. Porque antes ser adulto implicaba cosas bastante reconocibles: tu casa, tus facturas, tus decisiones y tus errores. Ahora parece implicar otra cosa: acumular formación, enlazar contratos, pagar alquileres imposibles y aprender a explicar con naturalidad por qué, con treinta y tantos, sigues compartiendo nevera con tus padres.
Hay una ironía difícil de ignorar: nunca habíamos tenido generaciones tan preparadas… ni con tantas dificultades para empezar. Nos dijeron: estudia, aprende idiomas, fórmate, sé constante, trabaja duro, haz las cosas bien. Muchos lo hicieron. Lo curioso es descubrir que, incluso cumpliendo las instrucciones, el premio ya no aparece. Porque quizá el contrato cambió mientras nadie miraba. Durante décadas parecía existir una promesa silenciosa: si haces las cosas razonablemente bien, acabarás construyendo una vida razonablemente estable. No perfecta. No rica. Estable.
Hoy, esa promesa parece haberse convertido en otra cosa: una posibilidad. Una suerte. O una historia que escuchas contar a tus padres mientras piensas que nacieron en un país distinto, usando la misma bandera. Y quizá por eso hay una fatiga rara. No solo económica. Otra. La de sentir que tu vida siempre está a punto de empezar… pero nunca empieza del todo. Más sueldo. Más ahorro. Más estabilidad. Más tiempo. Siempre algo más. Como si toda una generación viviera instalada en una sala de espera donde el número nunca aparece en pantalla.
Mientras tanto, ocurre algo extraordinario. Hay personas con másteres, idiomas, reuniones por Zoom con clientes internacionales y jornadas laborales completas… que siguen bajando la basura cuando su madre se lo recuerda. Y uno no sabe si reír o preocuparse. Probablemente ambas. Porque esa imagen, absurda y cotidiana, resume una época mejor que muchos informes económicos: adultos funcionales en el mercado laboral… y adolescentes logísticos en casa. Eso sí parece nuevo.
Y quizá ahí está una de las trampas más elegantes de nuestro tiempo: hacer sentir individual lo que muchas veces es colectivo. Como si millones de personas hubieran tomado malas decisiones exactamente al mismo tiempo. Como si el problema fuera falta de esfuerzo, falta de ambición o falta de sacrificio. Resulta curioso. Porque hay generaciones enteras agotadas intentando llegar mientras escuchan que quizá deberían esforzarse un poco más. Más. Siempre más. Como si la meta se moviera discretamente cada vez que alguien se acerca.
No sé cuál es la solución para la vivienda. Desconfío bastante de quienes tienen respuestas simples para problemas enormes. Pero sí sé algo. Hay una generación entera aprendiendo a convivir con una sensación rara: haber hecho bastante… y sentir que sigue faltando permiso para empezar. Porque quizá el verdadero problema no sea pagar alquileres imposibles. Quizá el problema sea descubrir que hay personas acercándose a los cuarenta mientras siguen esperando empezar la vida que les prometieron a los veinte.
Una no sabe qué da más vértigo: el precio de una casa o descubrir cuánto tiempo llevas aplazando vivir. Porque una sociedad donde trabajar deja de parecer suficiente empieza a generar algo peligroso. No rabia. La rabia, al menos, empuja. Algo más silencioso. Más pesado. Resignación. Y una generación resignada rara vez cambia las cosas. Normalmente hace otra cosa: se adapta. Reduce expectativas. Aprende a llamar estabilidad a sobrevivir. Y acaba creyendo que pedir una vivienda, tiempo o tranquilidad es aspirar demasiado.
Quizá por eso el problema nunca fue solo el precio de los pisos. Quizá el problema es que estamos empezando a considerar normal que cumplir con todo lo que te pidieron ya no garantice llegar a donde te prometieron. Y eso cambia algo profundo. No solo la economía. La confianza. La ilusión. La forma de imaginar el futuro. Porque una casa puede construirse. Una generación que deja de creer… bastante menos.
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam






Nosotros empezamos con bastante menos y sin móvil de mil euros. Tal vez ahí está el problema