En honor a la verdad

La verdad, esa verdad sobre la que ya dijo Cicerón que “tanto se corrompe con la mentira como con el silencio”, esa verdad que se crea incómoda, que navega y no se agota, no se funde ni desaparece, la verdad sobre la que escribió George Orwell que “en época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”; esa verdad de la que se dice hace libres a los hombres es, sin duda, presa de la avaricia y del cinismo político en estos tiempos.

Ya sonaría hasta redundante recordar la de veces que los miembros del Gobierno y, especialmente el propio Presidente, ha mentido, una y otra vez, corregidos continuamente por los tribuales, el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional, la propia Unión Europea y sus organismos oficiales… esa verdad de la que continuamente huye este Gobierno de socios manchados por la suciedad de la mentira y la presunción de culpabilidad sobre aquellos que no los apoyan, esa verdad es un bien de Estado en el momento que pertenece a los intereses de todos los españoles.

Y soy yo, absoluto defensor de los máximos niveles de la libertad de expresión también lo soy de la verdad y de la transparencia. Por eso reniego de la impunidad dada en este país a los responsables políticos cuando se demuestran sus mentiras, que afectan no ya sólo a la credibilidad de nuestras instituciones públicas, sino que suponen, además, una amenaza directa a la paz social y a la estabilidad emocional ciudadana.

Por eso reniego de una visión torticera y manipulada de lo ocurrido en este país en la mal llamada Memoria Histórica, que mira los acontecimientos sólo desde una perspectiva, y no desde todas o desde el conjunto. No a esa Memoria Histórica que pretende culpar únicamente a una parte de los responsables de la declive histórica que sufrió este país desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, con todas las repercusiones que tuvieron las acciones políticas de unos y de otros sobre los intereses del Estado y sobre los verdaderos valores democráticos.

No a una Memoria Histórica que ignora bajo premisas ideológicas, que los Derechos Humanos, como los conocemos hoy en día, no fueron proclamados hasta 1948, mucho después de la mayoría de atrocidades que pretenden revivir. Que la Historia es fruto de su tiempo y el tiempo no se debe acotar al interés de unos o de otros, sino de todos y, en este acaso, o la verdad es amplia, imparcial y absoluta o es una mentira que no se merece la Historia de nuestro país ni responde a los intereses del Estado del que formamos parte todos los españoles.

Ayer tuvimos la oportunidad de asistir a un nuevo evento dentro del complejo proceso que ya está en marcha por parte del Gobierno y sus socios para plantear unas elecciones en primavera. La Ministra de trabajo y proyectista de un nuevo movimiento político, que no ideológico (algo así como re pasteurizar la leche, tras tres o cuatro veces de echada a perder, para servirla como fresca), y que pretende aglutinar a todos los nuevos partidos que instrumentalizan su odio a la derecha como instrumento para reivindicarse políticamente, asombró con sus declaraciones en las que indicaba que ella advirtió en el Consejo de Ministros de la terrible situación que se avecinaba mucho antes del 8 de marzo en el que se permitieron todo tipo de manifestaciones y concentraciones políticas, ideológicas y culturales, profesionales…

Pero ojo, la culpa de que no se tomaran medidas fue de los socialistas, según ellos. Como si su amigo y mentor Pablo Iglesias, en aquél momento no fuese vicepresidente del Gobierno. Llaman mucho la atención estas declaraciones a tenor de aquello de la privacidad, por Ley, que tiene todo aquello que se delibera en el Consejo de Ministros. Pero también llama la atención por el cerramiento de PODEMOS en posteriores días defendiendo que no se sabía nada y que no se fue consciente de la situación pandémica hasta pasado ese fin de semana. Bueno, al fin y al cabo salió a relucir la verdad que tantos y tantos en este país hemos gritado tantas veces, que el nivel de cinismo en aquella, como en otras ocasiones, del Gobierno y su Presidente, no conoce ni tiene en intención de conocer aquello que se llama interés de Estado porque el único interés que conoce es el ego personal sin límites; y esos límites no iban a ser la vida de los ciudadanos. Ni estos, ni los que murieron a manos de ETA, ni los de Paracuellos ni los de los conventos, ni las checas… eso no existe en la no verdad de Sánchez y su gueto mafioso de ideología populista y totalitaria.

Tampoco me sorprendió la revelación de Yolanda Díaz en el día de ayer. Ya dije hace tiempo que la relación de los de PODEMOS con los del PSOE en el Gobierno iba a ser la de dos amantes, pero en este caso la de dos mantis religiosas. Y ya sabemos que la hembra mata al macho una vez que se han apareado. Violencia de género normalizada y estructural lo llamarían en su especie.

Ignorar la verdad o manejar la verdad dependiendo de si nos interesa o no forma parte de un maniqueísmo totalitario sin escrúpulos que acampa a sus anchas en una izquierda vendida a los nacionalismos y a los radicales de la extrema izquierda de este país, de todos aquellos que, precisamente, no desean lo mejor para nuestro Estado ni para nuestro futuro. Así nos tratan en nuestro presente, una verdad también ignorada por el Gobierno, más interesado en conseguir sus apoyos que en las consecuencias que eso está ya teniendo y tendrá en el futuro.

Y es que, hablando de la propia pandemia de COVID, otra no verdad de este ejecutivo es la descentralización de las medidas que han decidido ceder a cada comunidad autónoma, limpiándose las manos y preparados para hacer propios los éxitos y ajenos los fracasos. Está claro que lo que ocultan es un pacto o, mejor dicho, una imposición de los gobiernos nacionalistas y separatistas para que el ejercicio de las decisiones que debieran ser de Estado las tomen ellos. Así esconden en su silencio Sánchez y los suyos la verdad, con tal cinismo.

Y es que todo este desorden de lo lógico tiene una explicación en la aplicación máxima por parte del Gobierno de un término, la posverdad, que alude, precisamente, y que la RAE define como la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.”

Estamos en época de posverdad. Una posverdad impuesta desde el Gobierno y sus instituciones dependientes de él. Una posverdad que es usada para manipular, tergiversar la Historia, el presente y condicionar el futuro de nuestro país. Y lo más grave de todo es que las mentiras no cesan, los silencios son cómplices y la realidad comienza a superar a la ficción en un drama que ya sufren muchos españoles y que amenaza en convertirse en una crisis sin precedentes en lo económico pero también en lo social y político.

Sólo desmontando esa posverdad, al modo en el que lo hizo el diputado de Ciudadanos Guillermo Díaz hace unos días en el Congreso,  la verdad, la auténtica verdad, vencerá a la manipulación y nos hará libres para salir de esta pesadilla y de la deriva política a la que nos están sometiendo.

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