¿Cómo hemos llegado a esto?

Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático; Glasgow, noviembre de 2021. 400 aviones privados, policías en las calles, aeropuertos y alcantarillas. El líder, Pedro Sánchez se dirige al mundo entero para mandar un mensaje urgente.

Señores, hay que meter más dinero. Y hay que meterlo ya “para que la sociedad vea la transición ecológica, no como una amenaza, sino como un gran motor de crecimiento económico inclusivo”. Sí, sí, literalmente dijo “crecimiento económico inclusivo”. Traducido del politiqués, quiere decir que el mundo se acabaría pronto si él y los suyos no estuviesen para salvarnos, que la contaminación que producimos los mortales está acabando con el planeta y que se ve en la obligación de quitarnos 1.350 millones de euros cada año a los españoles para comprar tiritas inclusivas para La Tierra.

Ese mismo día, un poco más tarde, en la localidad de Montealegre del Castillo, provincia de Albacete, el telediario abría con la susodicha noticia en el Bar Chato. Justiniano García, con un ojo en las fichas de dominó y otro en la pantalla, posaba su vaso en el tapete y entre dientes preguntó al aire: “¿Cómo hemos llegado a esto?” José Antonio Pérez, hermano de Dolores, que no es científico, pero ha vivido mucho, respondía mientras encendía un cigarrillo, “Pues ya lo sabes Justo, no es nada nuevo”. Justiniano, que pasaba de los 70, agachó la mirada, juntó los hombros y dijo: “A dar agua”.

A Justiniano no le hacía falta una respuesta. Era perfectamente consciente de lo que estaba ocurriendo y que por más vueltas que le diese, no iba a conseguir nada más que enfadarse, y a su edad, era mejor seguir a lo que estaba. Sin embargo, cuando acabó la partida, ya de noche, mientras caminaba a casa, como hacía cada domingo, un pensamiento no dejaba de atormentarlo. Le invadía una sensación de impotencia e intentaba recordar la historia de su vida, sabiendo que para cuando llegase a casa y viese a su Mari, se sentiría reconfortado.

Después de tantos años, sabe muy bien cómo funciona el mundo. Sabe que quien tiene la pasta manda y que hay mucho listo que, con tal de trincar, mataría a quien se le pusiese delante. Sabe que los políticos juegan con el dinero de todos como si fueran los 5 euros que apuesta cada domingo en la partida de dominó y que la mayoría de los tipejos que le han ido poniendo delante para que les vote, son meras marionetas. Él, que es de pueblo, pero nada tonto, sabe que en Europa solo se reúne gente que no ha pisado el campo en su vida, que no ha plantado un árbol, ni ha construido nada con sus manos. Sabe que la única religión que profesan es el dinero y que detrás de cada decisión política se esconde un oscuro motivo económico.

A cada paso que daba, Justiniano recordaba cuando era joven y que, a pesar de no existir los smartphones o no tener buenas carreteras, su vida era mejor. Cada fin de semana las comidas familiares duraban lo que tuviesen que durar y ahora solo podía esperar a ver a sus nietos una semana cada verano y con suerte un par de videollamadas al año cada vez más cortas. Los callos en sus manos le recordaban cuánto le ha costado llegar a tener lo que tiene, lo difícil que fue formar una familia y levantar un hogar, y que, mucho más que los huesos, lo que le duele es ver cómo unos bandidos de traje y corbata le han estafado.

Justo trabajó desde los 13, se sindicó a los 16, no ve casi la tele y lee a Marx, Ortega y a Bueno siempre que puede. Pero es ahora cuando se arrepiente de haber votado lo que votó en su día. Se ha dado cuenta de que desde que le dijeron que era libre por primera vez, no han hecho más que engañarle. Como todos nuestros mayores, tenía ilusión y pensó que con su voto todo sería mucho mejor.
Le quedaba poco para llegar a casa, cuando cayó en la cuenta de que él no había hecho nada malo en toda su vida. Él no había tomado la decisión de verter residuos en ningún río, ni de contaminar la atmósfera. Por mucho que lo intentase, no conseguía encontrar el momento de su vida en el que decidió extraer mineral en el tercer mundo para baterías de coches eléctricos o perforar pozos de petróleo en el golfo de México. Tampoco recordaba el momento en que montó fábricas de ropa en países con mano de obra infantil, ni de haberle vendido armas a países por intereses económicos, ni siquiera del año exacto en el que decidió desindustrializar su país para hacerse con una silla en Europa. Aunque sabía que su memoria no está en su mejor momento, estaba seguro de que él no hizo nada para cerrar las centrales nucleares que harían que la energía fuese más barata y mucho más limpia. Lo que sí recordaba, mientras abría la puerta, eran los buenos momentos que vivió en su casa y pensó que lo más probable es que sus hijos, por mucho que quieran, serán incapaces de mantener el que ha sido su hogar más de media vida. También le vinieron a la mente todos los viajes que le dio su coche que, sin ninguna avería, dentro de poco solo servirá para dar cobijo a los gatos del pueblo.

Mientras tanto, Pedro Sánchez está tranquilo en su castillo porque es consciente de que Justiniano no es como él y es un buen hombre que hasta ahora ha tragado con todo. Cree que de verse frente al de Albacete, saldría airoso y todo seguirá como hasta ahora. Eso cree.

“¡Mari, ya estoy en casa!”

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