Dato mata relato

Hoy he decidido escribir estas líneas para que quede constancia de mi posición y que cuando todo esto explote, no venga nadie a llamarme ninguna tontería de esas como “capitán a posteriori”. Quien me conoce sabe perfectamente cuál ha sido mi opinión desde que todo esto empezó y pediría que quien me leyese, lo hiciese hasta el final y con la mente abierta.

A principios de 2020, los medios de comunicación comenzaron a hacerse eco de un nuevo y terrible virus mortal que estaba diezmando la población en la República Popular China. La alarma corrió como la pólvora. De China saltó a Italia, de Italia a España y de aquí al mundo entero. Como cualquier otro virus, este se alojó en los especímenes más débiles y los huéspedes idóneos fueron, como no, los periodistas. Fue entonces cuando empezó el circo. Los chinos, que son 1400 millones de habitantes y sólo en Wuhan son 11 millones, levantaron un hospital en dos días. La noticia ya estaba montada, los medios de comunicación vieron el filón, propagaron la pandemia e infectaron al mundo entero, quién lo iba a imaginar. Así, tras varias semanas, la alarma se extendió a todos los hogares, copando titulares y abriendo noticiarios, hasta que al final, con tanto miedo, fue la sociedad la que pidió a gritos que se la encerrase.

Todo empezó con el papel higiénico, las videollamadas grupales y el pangolín. Aparecieron los aplausos, los policías de balcón, respiradores, médicos y enfermeros llorando sin EPIS, que si no llegaban los aviones, mascarilla sí, mascarilla no, monitorización de las redes sociales, que si los que tienen perro, horarios para salir a la calle, Rajoy paseando, toque de queda, cierre perimetral, comité de expertos inexistente, desescalada. Que si el virus dura cien días en el metal, aerosoles, sistemas de ventilación, que si los bebés son los portadores…

Y llegó el verano y todos a la calle, pero la cosa no paró. A trabajar sí, al bar no, bueno sí pero con aforo, rebrote por culpa del botellón, el IVA de las mascarillas no se puede bajar, distancia social, no mates a tu abuela. El Zendal no tiene aparcamiento, ni máquina de café, ni quirófano. Cuarentenas, rastreadores, mamparas, médicos haciendo bailecitos en Tik Tok… Y aparece la vacuna milagrosa. Pfizer es mejor; no, Moderna; no, AstraZeneca; no, Sputnik. Vacunación obligatoria, trombos, la variante Delta, elecciones en Madrid, Estado de Alarma ilegal, vacunación al 90%, quinta ola… y más o menos así fue la cosa. Mientras tanto, el índice de suicidios se disparaba, las familias se arruinaban, los negocios se cerraban y los ERTE no se pagaban. Pero como todavía no estaba lo del volcán pues se siguió exprimiendo el limón. La buena noticia es que, sorprendentemente, en África, el virus ha pasado sin pena ni gloria. Y menos mal, porque con la que tienen encima es lo que les faltaba. En fin, qué cosas.

Aparecieron los listos para repetir lo que un virólogo o sanitario de turno había dicho en la tele, porque si lo dice un médico, va a misa. Es normal, son dioses que caminan entre los mortales y ninguno miente, ni tiene intereses por fama o por el dinero de las compañías farmacéuticas. Todos son honrados y todos son perfectos. Olvidamos que la sanidad en España está trufada de funcionarios a las órdenes del gobierno de turno, aunque como en cualquier gremio, están los que son muy currantes y honrados y luego los que sólo saben poner la mano a final de mes.

Como todo relato de ficción, la mejor manera de desmontarlo es aportar datos. En España, desde marzo de 2020 hasta hoy, oficialmente, han fallecido con -que no de- Covid 87.000 personas, es decir, el 0,18% de la población total, de los cuales 31.000 murieron en las residencias de ancianos, lo que supone el 35% del total de defunciones. Sí, en las residencias, esas que al principio dijo Pablo Iglesias que él gestionaría y luego que las competencias eran de las Comunidades. El valiente les dejó solos, aislados y sin atención médica.

Según los datos, 5 millones de compatriotas se han contagiado hasta hoy, suponiendo que las PCR funcionasen perfectamente, que todos sabemos que no es el caso. Esto quiere decir que la letalidad del virus en España es del 1,74%. En el año 2020 fallecieron 493.000 personas, de las cuales 74.000 se atribuyeron al Covid, lo que supone que del total de fallecidos en ese periodo, sólo el 15% lo hicieron con este virus. Así que, con los datos en la mano, podemos señalar que, de aproximadamente 47 millones de españoles, aproximadamente 47 millones de españoles siguen con vida después de la devastadora quinta ola.

Y llegó la vacuna, ¡Ay! la dichosa vacuna. Para los que no se acuerden, primero se compraron unos congeladores, porque si no estaba a menos grados que el Polo Norte ya no era efectiva y después de gastarnos una millonada, resultó que no hacían falta. Después nos contaron que con una dosis te inmunizabas, luego que sólo al 90%, más tarde al 70%, después al 35% y como vieron que aún habiéndose vacunado seguían cayendo como moscas, dijeron que había que chutarse la segunda dosis. Ya van por la tercera y no sabemos cuándo acabará la bromita. Nos decían que con el 70% de los vacunados conseguiríamos la, tantas veces repetida, inmunidad de rebaño. El caso es que, con el 90% de vacunados con “la pauta completa”, está demostrado que los supuestos inmunizados pueden contagiar y ser contagiados. ¡Maldito virus! ¡Cuántos ases escondes bajo la manga!

¿Cómo quieren que les crea? ¿Cómo pretenden que me ponga una vacuna de la que desconocen sus efectos secundarios a medio y largo plazo? Una vacuna de la que sabemos que está provocando miocarditis, trombos, infartos o muertes repentinas. Una vacuna que se administra sin prescripción médica, sin contraindicaciones o sin que un médico valore cada caso. Una vacuna que provoca fiebres o diarreas, que te la administra un sanitario en un polideportivo. Que una empresa farmacéutica ha vendido miles de millones de dosis a todos los gobiernos de occidente y cuya cotización en bolsa se ha disparado. Una vacuna de la que no sabemos su composición. Una vacuna que, en definitiva, no es ni tan siquiera una vacuna.

En un mundo lleno de egoístas donde casi nadie hace nada de forma altruista, de repente aparece la vacuna y todos corren como locos a ponérsela, pero no lo hacen por ellos, lo hacen para salvar a la humanidad. Son ustedes un gran chiste, señores y hasta aquí hemos llegado. Por supuesto, hablo de todos esos Federicos, Isabeles San Sebastián, Ristos Mejide, Garicanos y Anabeles Alonso que han caído en la trampa de primero de totalitarismo: Culpar a los demás de sus miedos irracionales para que puedan dormir tranquilos. Todos ellos quieren ver encerrados y segregados a los que no queremos inocularnos ese experimento al que llaman vacuna y por esa razón nos juzgan como si fuéramos delincuentes o asesinos y siguen manteniendo argumentos inverosímiles contra quienes aportamos datos. Datos que están al alcance de todos. Sólo hace falta ser un poco curioso y no dejarse engañar ni manipular.

Sé que no tardaré mucho en escuchar a los mismos que hoy ponen el grito en el cielo por no haberme vacunado decir que se vacunaron obligados y que siempre han estado en contra de todo esto. Para cuando eso pase, ya estaremos confinados por la supuesta emergencia climática. Tiempo al tiempo.

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4 Comments

  1. Excelente Beatriz 👏👏👏 con los ojos y oídos bien abiertos! Saludos desde República Dominicana

  2. Se agradece mucho la valentía de posicionarse claramente en esta casa de locos, y en medio de este total derrumbe de la razón, sin precedentes. Especialmente si, como creo entender por otras participaciones tuyas, eres coruñesa, o gallega al menos, lugares donde la disidencia parecía inexistente.

    Como complemento, decir que la tasa de letalidad por infección, que incluye previsiones de infectados sin síntomas, se estableció, entre 0 y 70 años, a nivel mundial, en tan sólo un 0,03%. Sobre la manera de contabilizar fallecidos, prefiero no entrar, porque es, sin duda, el mayor escándalo que he visto y llegaré a ver.

    Un saludo.

    • Muchas gracias por tus palabras Rogelio.
      Más que valentía, es divulgar el sentido común y la lógica basándome en unos datos que están ahí. Unos datos, que aún siendo dudosos por la forma de contar los fallecidos sin autopsias, dejan claro que esto no va de salud, va de todo menos eso.
      Es una vergüenza y hay que denunciarlo día sí, día también. Madrileña viviendo en La Coruña, me toca luchar ahora contra el pasaporte Covid. El lunes tendrás otro artículo. ¡Un fuerte abrazo!

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