Crónica de una resurrección anunciada en Andalucía: el debate

Es cierto que la política es un escenario particular, lleno de todo tipo de personajes y alineados en comparsas, a veces al más puro estilo gaditano, que pretenden a toda costa crear el impacto necesario para atraer la atención de los votantes y consagrarse en el limbo de las estrellas del poder, las instituciones públicas. En esta especie de circo que caracteriza a la política podemos distinguir entre aquellos que, en silencio y ante la multitud de espectadores, realizan con el más sorprendente acierto las piruetas y acrobacias más increíbles, provocando la ovación del público, como también a los payasos y saltimbanquis que se conforman con llamar la atención, provocar las risas, decir disparatadas y ganarse al público por su simpatía o por medio de artefactos divertidos que hacen perder la atención sobre los verdaderos problemas; porque esa es su profesión, crear un mundo paralelo que los aparte a los espectadores de su cruda realidad.

Luego nos encontramos a los magos, esa rara especie que trata de hacernos creer lo que no es por medio de trucos, de mentiras bien elaboradas que, bien ejecutadas, los convierte en verdaderos ídolos de los amantes de lo aparente, que terminan creyendo sin pudor cualquier estratagema como parte de la realidad, confundiendo la ficción en la que lo introducen con el fin profesional del autor, que sólo trata de engañar a la mente. ¿Y qué me dicen de los políticos malabares, esos que son capaces de mantener con el suficiente equilibrio los instrumentos que le han dado evitando a toda costa que caigan al suelo y que sus números no salgan?

El otro día se produjo el primer debate de candidatos a la presidencia de la Junta de Andalucía de las elecciones que tendrán lugar el próximo día 19 de junio en Andalucía, y quise jugar a distinguir a quién representaba cada uno en ese escenario. Comenzaré por el candidato a la reelección, el popular Moreno Bonilla que, embutido en un traje ajustado, medía perfectamente sus estudiados movimientos y hasta su expresión, que bien conocida por su equipo de campaña e imagen, le indicaron bien cuándo debe tender a la sonrisa o al simple hieratismo. Una postura sumamente estirada, con corbata que le otorgaba esa distinción propia de un presidente, y ajeno a cualquier discrepancia. Seguro de sí mismo, ante todo. Una postura que bien podría llevar a pensar en esos títeres simpáticos, que son imposibles de recriminar porque siempre aciertan en un guion que ya le viene marcadopor otros.

A su izquierda estaba el líder del PSOE andaluz y candidato por esta formación a la presidencia, Juan Espadas, que se estrenaba en esta lid, aunque no en politiqueo, como bien le recriminó Bonilla, después de más de 35 años viviendo de esa política activa, con cargos que han ido desde concejal, consejero del Gobierno socialista o alcalde de Sevilla. Espadas, sin duda, no partía de una posición cómoda, ya que todos los indicios apuntan a que será líder de una compleja oposición con una izquierda muy fragmentada y que representa distintos grados de socialismo y comunismo, en algunos casos en exceso pasados de moda pero que han intentado recuperar aprovechando la ignorancia de muchos, el olvido de otros, y la nueva ola ideológica que intenta arrasar con todo aquello que no se pliegue a consignas extremas en la forma de entender los derechos, que no tanto, quizás, las obligaciones.

Espadas se mostró acorde con su posición, con el grado justo de indignación que no provocara una subida del tono del debate, especialmente del resto de formaciones más en los extremos, y haciendo un buen uso de aquellos datos parciales rescatados de un más que exhaustivo repaso de todos los estudios habidos y por haber que ofrecieran posibles cifras cuestionables en la gestión del Gobierno de coalición andaluz, aunque sólo fuesen partes mínimas del conjunto de un estudio aún mayor. Lo cierto es que, a pesar de que las cifras plantadas ante él como respuesta, tanto por Bonilla como por el líder andaluz de Ciudadanos, desmoronaban todos sus argumentos de peso, Espadas supo salvar los papeles y el debate mostrando todas las tablas recorridas en esas décadas de político. Fue el gran malabarista que logró que no se le cayesen los papeles aunque tampoco mostrara un excesivo virtuosismo en el arte de manejar las mazas. Esto fue, probablemente, porque salió a hacer el mejor de los espectáculos de magia pero se le terminaron viendo todas las cartas. Rezó a Pablo Iglesias que no se le terminaran cayendo y le concedió el deseo.

Justo en el medio de los candidatos se encontraba el líder de Ciudadanos y candidato a la presidencia, Juan Marín. Lo de Marín tampoco era sencillo, aunque el papel de Bonilla, su socio en el Gobierno, le permitió no sólo destacar sino también lucirse, manejando realmente los datos y los resultados de estos años de Gobierno. El líder de la formación naranja no sólo intervino en sus momentos aportando estos datos sino que fue el representante de la coalición que respondió en la mayoría de las ocasiones a aquellos que sacaron dientes contra las cuentas del bipartito. Por supuesto, Bonilla sólo lo hizo con Espadas y con modales bondadosos, casi como perdonándolo. El del Partido Popular llegaba con la lección muy bien aprendida y sabiendo que sólo podía entrar en el discurso de su rival ideológico de referencia, el líder de la oposición.

Marín, como decía, se dedicó a poner todos los datos sobre la mesa y, haciendo uso de su peculiar y medida dialéctica, cercana y amable, expuso multitud de logros conseguidos por el Gobierno de coalición. Quizás lo único que me chirrió de sus intervenciones es que no dijera que la mayoría, la inmensa mayoría de esos datos positivos, tanto en empleo, como en economía, educación… pertenecían a consejerías lideradas por el propio Ciudadanos. Por otra parte, Marín fue el protagonista del minuto de oro del debate, el más visto, en el que se enfrentó a una Macarena Olona que quedó visiblemente afectada por la respuesta, hasta el punto de que no tuvo cómo encajar la realidad que el líder naranja le estaba lanzado, que VOX fue cómplice del PSOE en el Congreso para que estos manejasen todos los fondos europeos, algo que ha perjudicado gravemente a Andalucía en el reparto. Baño de realidad para Olona que veía cómo el trapecista por excelencia de la política parlamentaria andaluza le acababa de hacer uno de sus números de riesgo saliendo indemne y dejándola con la boca abierta. Todo un espectáculo.

Y es que Olona fue el gran chasco de la noche, así también lo interpretaron los sondeos posteriores a la emisión del encuentro político. La mujer que se crece cuando habla sola, cuando se dedica básicamente a repetir hasta la saciedad los mismos mantras, fue silenciada en un debate político del tú a tú. Aconsejada muy posiblemente por el ex jefe de informativos de Canal Sur, la televisión que dice pretende cerrar VOX, el señor Zanjano, Olona salió al ruedo del debate con la dignidad de los valientes pero con la valentía de los sin alma, de los que vuelven incesantemente a repetir y repetir, a sonreír mientras buscan el desprestigio ajeno como fórmula del enaltecimiento de sí mismos, con la frialdad de los que te piden que la solución para las manchas es bañar en lejía la ropa blanca aún a sabiendas de que quedarán muy blancas, pero la tela se terminará abriendo y rompiendo por quedar pasada, inservible. Muchos golpes de pecho pero muchos casos entre los suyos más que sospechosos de no ser la respuesta ni a los problemas reales ni a aquellos que ellos mismos se inventan.

Ella fue la protagonista de dos minutos de oro, el de Marín ya mencionado, y el otro en el que le puso en bandeja a la candidata de Adelante Andalucía para que ésta le terminara llamando racista ante la llamada de atención de la presentadora y la sonrisa de la gaditana, sabedora de haber conseguido su segundo de gloria. Para Olona no fue una noche de estrellas sino más bien estrellada, lo que provocó, incluso, cambios en el planteamiento de sus siguientes días de su campaña, sobre los cuáles anunció que anulaba los grandes actos electorales. Más que probable que Zanjano la llamara a chapa y pintura o, lo que sería lo mismo, nuevos ensayos y más ensayos sobre un proyecto político que presenta todos los problemas en las formaciones ajenas pero sólo ofrece soluciones a cañonazos, de los que, por cierto, son tan amigos. Olona fue esa noche una mezcla entre el payaso de IT y el payaso llorón que todo buen circo tiene y que pocas veces consigue hacer reír al público.

En el caso de las otras dos candidatas creo que jugaron al pressing catch sin apenas mirarse y sin mencionarse en ningún momento. Rivales políticas que buscan en el mismo nido de votos, estuvieron más pendientes en ver cuál de ellas ganaba bajo el mismo discurso que en exponer adecuadamente unos planteamientos mucho más cercanos a un mundo multicolor de un idealismo de una especie de Disney de «caramela» que de dos políticas que realmente fuesen alternativa a algo tan serio como es la presidencia de la comunidad de Andalucía. Fue como sentir la sensación de que tratasen de lanzar bombas mientras sonreían y no llegaban ni a petardos que alcanzaran a un Juan Marín que, sin duda, fue el alma amable pero absolutamente protagonista de un Gobierno de coalición que presentó las irrebatibles cifras de los avances de una tierra que hoy es líder en economía, en desarrollo y en generación de empleo tras una legislatura de tan sólo tres años y medio, dos de los cuáles han sido de pandemia. Queda Ciudadanos para rato en Andalucía.

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