Madrid, Madrid, Madrid…

Decía George Washington que esperaba “poseer la firmeza y la virtud suficiente para mantener lo que considero el más envidiable de todos los títulos, el carácter de un hombre honesto”. Muchos siglos atrás el cordobés Séneca ya sentenciaba con una de sus frases que, de aplicarse con la dulzura con la que suena, “lo que no prohíben las leyes debe prohibirlo la honestidad”, temblarían los cimientos de nuestro Estado político.

No en vano, en sólo unas décadas, la política se ha ido deteriorando al mismo ritmo al que lo han hecho la credibilidad de los partidos políticos de siempre y aquellos que los representan. Desde partidos enrocados en un pasado lleno de corruptelas que se niegan a reconocer y sobre las que pedir perdón, a alguno de los nuevos, cocidos al fuego lento del adoctrinamiento universitario basado en estudios políticos desvirtuados desde la naturaleza y esencia de nuestro propio sistema político, social y económico.

Si a esto unimos la falta de cultura política en nuestra sociedad tenemos el cóctel perfecto de la desafortunada escena de un rompecabezas que nunca encaja porque no se prima la función política que no es otra que mejorar la situación de los ciudadanos, cuidar de los intereses generales de estos, y la unión de criterios, pactos, y… honestidad. Quizás con un poco de conocimiento de estos elementos podríamos entender con mayor facilidad, y con la sinceridad precisa que requiere el momento en el que vivimos, la diferencia entre las relaciones que existieron entre el equipo de Ciudadanos y el del Partido Popular en Murcia y el que observamos en cada comparecencia, en cada decisión y en cada proyecto aprobado, por no hablar de resultados, en el Gobierno de Andalucía, por ambas formaciones políticas en su Gobierno.

Y entre el Partido Popular presuntamente corrupto de Murcia, avalado por la dirección nacional en todo lo que la Justicia tiene encomendado esclarecer, y el perfectamente encajado y engrasado de Andalucía, el de Madrid, ese Gobierno en el que Ayuso dejó siempre claro que dónde hay capitán no manda marinero (O lo que es lo mismo, tú (Cs) ya tienes pagada tu parte con las consejerías que ocupas, pero eso no te da derecho a injerencias en las decisiones de un Gobierno que es mío y sólo mío, porque yo Gobierno, como el Rey Sol). Y no fue otra cosa que el miedo a la sombra, la intolerancia y las formas impositivas no aceptadas por Ciudadanos las que motivaron una disolución de la Asamblea y una convocatoria de elecciones tan descabellada como ilógica, tan digna de la Reina Sol como tan traicionera. Un movimiento deshonesto y mucho más indignante que la moción de Murcia, que sí estaba justificada en una connivencia con asuntos de corrupción política que estaban haciendo de Ciudadanos el cómplice que nunca estaría dispuesto a ser de la corrupción en las instituciones.

Que al Partido Popular le molesta Ciudadanos cuando no está dispuesto a hacer bien las cosas es una evidencia, por eso mosquea más aún la decisión de Ayuso, mucho más aun pensando en el pasado judicial que su partido tiene en la Comunidad. Como bien dijo no hace demasiado tiempo el Toni Cantó de Ciudadanos, “los españoles que quieran seguir votando a un partido que no luchan contra la corrupción que voten al PP”. Quién te ha visto y quién te ve. Aunque no somos pocos los que siempre mantuvimos cierto recelo eclipsado por sus magníficas intervenciones parlamentarias, se ve que fruto de la misma dramatización con la que salió de la última reunión de la Comisión Permanente de Ciudadanos (dónde sólo fue a dar la nota y cantarla en la puerta); los mismos no pocos que ya sabíamos que la obra no había concluido.

Se habla mucho sobre adónde han ido los votos de Ciudadanos en los últimos tiempos. A mi particular entendimiento creo que ha habido un error de interpretación de lo ocurrido por parte de la dirección del partido. Efectivamente que Ciudadanos es un partido de centro. Y es evidente que un partido de centro, así ocurre en el resto de democracias de Europa, pacta tanto a su derecha como a su izquierda. Pero tampoco debemos olvidar que la razón inicial de ser del partido naranja no fue otra que sí, ir contra la corrupción, pero también contra los nacionalismos excluyentes, independentistas, aquellos que quieren dividir al país y que muestran una política poco solidaria… y nada honesta.

Así se entiende que los votantes no supieran entender que Ciudadanos, tras las elecciones del 10 N de 2019, no pactara con el PSOE para formar un Gobierno en el que no entrara un partido tan a la izquierda como Podemos que, curiosamente, apoya a partidos deshonestos, con hojas de ruta deshonestas, que apuestan por la diferencia frente a la igualdad y que someten a sus ciudadanos a la cárcel de un adoctrinamiento sectario e interesado, negacionista de la realidad histórica y de la realidad política. Pero hablamos del Pedro Sánchez que no temía, en esos momentos, dormir intranquilo por tener que formar Gobierno con ellos.

Sin embargo, lo que los votantes tampoco han sido capaces de encajar es cualquier tipo de pacto de Gobierno con ese partido de Pedro Sánchez que supuestamente no duerme porque sí ha pactado un Gobierno con Podemos. El día que Ciudadanos no apoyó a Sánchez para formar Gobierno perdió gran parte de la utilidad para la que se interpreta su existencia y sufrió ese gran castigo. No mostrar posteriormente un enfrentamiento duro y directo contra este Gobierno cohabitado con los de Iglesias y apoyado por el independentismo de todos los territorios de España tampoco ayudó a recuperarse de ese primer error y otros partidos, principalmente VOX, recogieron parte de sus perdidos votos.

Ciudadanos, por tanto, debería corregir ese extremo y no mostrar acercamientos que pudieran interpretarse como la más mínima complicidad con aquellos que son el enemigo natural de su existencia. El PSOE de Sánchez está herido políticamente por la suciedad que genera contar entre sus amigos con los enemigos de España. Y Ciudadanos nunca debería formar parte, en ningún Gobierno, de esa parodia absurda. Es por ello que las mociones presentadas en Murcia no deberían tener otro objetivo que la normalización de las instituciones, el control de la crisis y la convocatoria de elecciones.

Madrid es el camino del cielo, dicen algunos, pero al cielo se puede llegar para disfrutar del él o como el fin de una vida. Bal, candidato de Ciudadanos a la Comunidad de Madrid, abogado del Estado que fue apartado por el Gobierno del caso del 1-O por querer incluir en la acusación el agravante de violencia, tiene el significado de esa lucha contra los separatistas, contra los integristas territoriales. Y en estos tiempos que corren después del escenario que ha dejado las elecciones catalanas pocas personas como él podrían formar parte de esa entente madrileña que soporte los más que esperables desaires contra la capital del reino de aquellos que por no reconocer al Estado no se reconocen a sí mismo. Ciudadanos, con él, se configura como una pieza clave para formar un futuro Gobierno en la que la Reina Sol debería de fijarse para poder alumbrar con mayor vigor un escenario poco incierto pero previsiblemente de duros enfrentamientos, y no sólo desde el Gobierno central. Porque Ciudadanos, en el actual estado de cosas, es más necesario que nunca para gobernar con transparencia, sin corrupción y con equilibrio en un país cada día más polarizado y dividido ideológicamente.

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