Agricultura, es el momento de solucionar errores

Si hay una cosa que a los españoles de a pie, los que no pertenecen a ningún grupo determinado, o incluso no se identifican obligatoriamente con ninguna sigla o corriente política o ideología empacada por la historia y deteriorada por los hechos, caracteriza en estos momentos es, sin duda, ser conscientes de que en este país nadie se mueve por nadie y que todo el mundo se mueve cuando le tocan, especialmente, el bolsillo.

Y sí, me refiero, por supuesto, a las nuevas oleadas de protesta e indignación del campo español ante las presiones fiscales, las imposiciones medio ambientales, la burocracia, la subida de los costes… aunque, si de verdad nos ponemos a analizar, ninguna, salvo una, es una novedad que amenaza realmente al campo, la pérdida de subvenciones.

Durante décadas el campo español ha vivido esencialmente a cuenta de las subvenciones, de manera muy especial las grandes superficies agrícolas o los terratenientes, que no tanto los pequeños agricultores que sí han sufrido las consecuencias de un sistema en el que los márgenes de beneficios han ido para los comercializadores y las grandes superficies, capaces de comprar gran cantidad de productos a mejor precio para luego venderlos a un precio mucho mayor en sus múltiples superficies. Esto, por supuesto, también en detrimento de los pequeños comercios que en algunos casos tuvieron que intentar comprar en origen cuando fue posible para poder subsistir. Por parte de los consumidores sólo se ha observado como cada día subían más y más los precios y la calidad se deterioraba a pasos agigantados.

El tema de la calidad va unida, en gran medida, como bien indican los propios agricultores, a las importaciones de terceros países, generalmente fuera de la Unión Europea, que pueden permitirse, a diferencia de los de aquí, métodos de fertilización y cosecha con unos costes mucho menores, tanto como para ser posible que, contando con los costes de transporte, les sea rentables a ellos, a los comercializadores y a los vendedores de estos productos. Una práctica, por cierto, y que me perdonen los transportistas que viven de ello, poco o nada acorde con ninguna agenda medioambiental que se digne de ser tal, tanto por los métodos usados en origen para conseguir los productos como por el consumo de combustible para transportarlos. Y esto, sin contar con, como he dicho, los riesgos que para la salud pudieran tener en más de una ocasión estos productos que no siguieron unos cánones establecidos para el consumo en Europa y en España.

Lo cierto es que nuestras mejores cosechas parecen estar inspiradas para su consumo fuera de nuestra tierra, a la que llegan productos también de Europa muy lejanos a la calidad extraordinaria que da nuestra fértil y rica tierra, especialmente la de la costa de Levante y Almería y la cuenca del Guadalquivir, sobre la que recuerdo haber estudiado en su momento que da el mejor arroz y las mejores naranjas del mundo en calidad.

Lo cierto es que, pese a entender que los agricultores tienen, con todo esto, muchas razones de peso como para estar enfadados, sólo encuentro una gran diferencia entre la situación de hoy y la de hace unos años o décadas, y es la pérdida de subvenciones que hicieron de ellos su silencio todo este tiempo, especialmente el de los grandes agricultores, que son los que en mayor medida están moviendo las actuales revueltas. Entiendo que los pequeños no tuvieron nunca ni fuerza, ni economía ni respaldo ni unión para haberlo hecho.

Cuando hablamos de campo, y lo miro desde la perspectiva de Andalucía, hay que hacerlo también teniendo en cuenta el conocimiento profundo del mundo rural, de las limitaciones económicas en las que ha vivido todo este tiempo y también desde la perspectiva de lo que han supuesto las ayudas como los PER para su supervivencia, aunque también el enorme error de nuestros políticos. Las ayudas que llegaron desde Europa para la modernización de las zonas rurales y del campo un fueron gestionadas correctamente. Tal modernización no se produjo y todos los procesos se disfrazaron con empresas fantasma que se fueron alojando en polígonos industriales hoy en su mayoría tan fantasmas como los anteriores y sin ningún tipo de progreso en la línea de un desarrollo de I+D, o la incorporación de empresas de transformación en estos pueblos de los productos propios de ellas. O no, al menos, al nivel que la situación requería.

Otro grado de error estuvo acompañado en la necesidad, o no, de muchos agricultores de sumar beneficios, y hacerlo en muchas ocasiones firmando el sello que garantizaba a personas que no pisaban el campo la posibilidad de cobrar las ayudas de la Unión europea a cambio de un pellizco. Eso también dibujó un falso escenario de desarrollo y una visión equivocada de lo que podía estar pasando ya que esa inyección económica no sólo no era de la producción del trabajo realizado sino artificial y con fecha, también, de caducidad. Sin embargo, con ese dinero muchas familias ampliaron sus casas, cambiaron el escenario de muchos pueblos que parecieron vivir ese falso desarrollo como algo definitivo. Algo absolutamente falso.

Nada o poco se hizo bien, nadie puso remedio, ni los agricultores ni los políticos, pero ahora llegan las vacas flacas, se acaban las ayudas y el niño mal educado y consentido sólo quiere más y más, para seguir viviendo como le enseñaron que podía hacerlo. Mal por los agricultores, que llegan tarde y mal, mal por los políticos, que no hicieron bien su trabajo, y mal por todos nosotros que, al final, consentimos cerrando los ojos a la realidad que esto podría venirnos encima.

Sinceramente, no creo que sean horas de protestas, llegan tarde, es hora de que todos los agentes económicos y sociales se sienten a dialogar y a buscar soluciones, pero de las de verdad. No es hora de oportunismos políticos de aquellos que rechazan que unos vivan subvencionados y que para otros reclaman lo que a aquellos les niegan. Es la hora de la verdad, de asumir y solucionar, y esto no se consigue en la calle sino en los despachos, sobre papel y palabra, prometiendo una solución positiva para todo el sector agrario, para la ciudadanía que depende de sus productos y para el futuro de tantos pueblos de este país que necesitan vías económicas de subsistencia para poder seguir manteniendo a su gente sin que también los pueblos, acaben tan fantasmas como los mencionados anteriormente.

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