Marx: “El nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir a la clase obrera”

Es digna de estudio la capacidad que tiene la izquierda en nuestro país de crear monstruos y disimularlos dibujando otros mayores en los demás. Así se constituye principalmente la pragmática de su discurso, en la mayoría de las ocasiones enredosa y dada a consignas tan incuestionables para ellos como arbitrarias y sectarias para cualquier ingeniero de la razón y de las ciencias del pensar y de las mismas matemáticas.

Así, por ejemplo, el dibujo del monstruo del capitalismo ignora que los menos agraciados económicamente también existen en el mundo del capital y que toda subida de impuestos repercute en los precios que estos van a pagar por suministros o por alimentos, por vivir. Si subes los impuestos para poder subvencionar o permitir que los que menos tienen puedan tener algo más estarás encareciendo su nivel de vida y el del resto de personas provocando un terrible derrumbe del castillo de cartas económicas. Y es que el mundo está preparado para producir y consumir en todas las facetas, desde la agricultura hasta la última de las ciencias, hasta del pensamiento, mal que les pese a muchos de ellos.

La construcción de un mundo en el que unos trabajan y otros viven a costa del trabajo ajeno no es la solución si esta no pasa por un plan de activación del empleo y, visto lo visto, la subida de impuestos siempre repercute en un encarecimiento que lleva a un menor consumo, menos producción y menores niveles de empleo, al empobrecimiento de las clases medias y a la ruina más absoluta de aquellos que dependen de ese trabajo o de producir para ese consumo.

Una explicación tan simple y de base de Economía tan elemental pretenden que pasen desapercibida desde la perspectiva del monstruo del capital. Sin embargo, en aquellos países en los que se implantó el socialismo o el comunismo más radical los obreros pasaron de ser trabajadores asalariados con esperanzas de mejora y posibilidades de crecimiento a auténticos esclavos del sistema con pocas o ninguna posibilidad de cambiar su posición, a no ser que fuese a través del instrumento de la política del partido único y del adoctrinamiento para convertirse en uno más de los que, a través de la ideología extrema, yergue el látigo de la doctrina imposibilitando unas condiciones de vida más allá de las que se ajustan a tener una vivienda y poder comer. Y no lo invento yo, lo dice la Historia, que releva a lo inexistente a esos conceptos de libertad que tanto se afanan algunos en abanderar desde esas posiciones de extrema izquierda.

Curioso y propio de matasanos de otros tiempos que, en carruajes tirados por caballos, recorrían las tierras vendiendo fórmulas de la felicidad y que acababan con la ilusión y las esperanzas de aquellos que sucumbían a beberlos. Porque, si hay algo que al ser humano le da vida más allá del aire y el alimento, es la esperanza, una esperanza que sólo puede otorgar la libertad y la posibilidad de cambiar, mejorar y alcanzar nuevas metas.

Pero es que en esa representación histriónica de las cosas que hace habitualmente la izquierda española representa aspectos que son únicos en el mundo. Una de esas cosas es el republicanismo en un mundo lleno de países que son republicanos y que sostienen distintas fórmulas de organización política dentro de ese sistema consistente, según la RAE, en una “forma de gobierno en la que el cargo de jefe del Estado está en manos de un presidente temporal que se elige por votación, bien a través de unas elecciones, bien por una asamblea de dirigentes”. Es decir, que la única diferencia que pudiera existir, en principio, entre nuestro actual sistema y el de una república es la sustitución de la monarquía por un señor elegido en urnas que contaría con muchas más atribuciones que nuestro Rey de España.

Y, a partir de ahí, establecen que la república es la solución a todos los problemas mientras enarbolan banderas distintas a las de nuestro Estado y llaman fachas a todo aquél… o aquella, que se atreva a contradecir lo que establezcan sus jefes supremos, aquellos que pretenden matar moscas a cañonazos y acabar con la miseria no creando empleo y más riqueza que repartir sino distribuyendo la pobreza y aumentando el coste de vida para todos… y todas… miseria bien repartida… menos para ellos, claro, aquí eso ya los sabemos.

Pero ahora viene el momento en el que les cuento la verdad que existe tras el monstruo bueno creado en torno al republicanismo en España, y que no es otro que el de una república bananera, al estilo de la de 1936, en la que se encaminaba a este país a un proceso de transición comunista auspiciada por las más que notables relaciones que había entre el Frente Popular, que alcanzó el Gobierno con un más que dudoso proceso electoral, y la Rusia comunista de Stalin, ese señor genocida al que tanto le gusta a la izquierda radical de este país rendir honores. Ahora entenderán quiénes no lo tuvieran claro por qué se produjo el robo del oro de España y por qué a ese robo se le denomina el oro de Moscú, lugar adónde presuntamente fue principalmente destinado. El mayor expolio de la Historia de un tesoro público. Investiguen quiénes lo perpetraron y descubrirán a quienes nos gobiernan. No debe extrañar, por tanto, que les guste tanto la compañía de personajes como Otegui.

Para ellos el fin justifica todos los medios, incluido el de la mentira, la traición a la patria, a los asesinados por el terrorismo, la muerte de personas si es delante de un toro, las desgracias a aquellos que no piensan como ellos, la aparente defensa de la libertad y a la vez los atentados contra la opinión de los que se manifiesten desde posiciones ideológicas distintas… y tantas y tantas cosas indignas de un Estado democrático. Repugnante resulta, en este punto, ver al señor Iglesias cuestionar la Democracia en España, la Democracia por la que dieron la vida 864 personas a las que él desprecia desde su vicepresidencia del Gobierno. Si a esto, además, sumamos más de 3.000 atentados terroristas y más de 7.000 víctimas algo debería de pesar en la conciencia de cualquier ser humano por muy alto que sea su cinismo. Pues parece que no.

En un par de días serán las elecciones al Parlamento de Cataluña. Resulta curioso que aquellos partidos que son considerados constitucionalistas, aquellos que rehúyen de fotografiarse con aquellos que son cómplices del terrorismo de ETA, aquellos que no aceptan un diálogo sobre la división del Estado (que por cierto, no se puede ser constitucionalista y dar la más mínima cabida al discurso del separatismo, por definición. Y si no me creen léanse el artículo 2 de la misma), no son partidos de izquierda.

Los motivos por los que no lo son se los acabo de dar en los párrafos que acaban de leer en un país, España, de los pocos en el mundo en los que los nacionalismos y los nacionalismos más extremos son de izquierdas. Queridos y queridas lectores y lectoras, los partidos nacionalistas radicales en el mundo fueron y son otros que los que dieron lugar a los fascismos más sanguinarios de Europa. Ya saben lo que tienen en común, aparte del odio. Ahí los tienen. Aplaudan.

Como decía Marx, “el nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir a la clase obrera”. Imagínense cuando esas intenciones parten de la misma izquierda. 

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